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Marianelli: la mujer que alimenta patos de La Alameda bajo la lluvia

San Luis Potosí. Era una tarde de vacilante lluvia, me encontraba sentado volando mis pies hacia la verde agua de la falsa laguna en la Alameda.

Había acudido allí por encargo de una amiga activista pro-animal, tras el reporte de las malas condiciones en que se encuentran los patos, pues a pesar de que se les cambió el agua, poco duró por la falta de educación de las personas que arrojan basura, y por la poca importancia que la autoridad les da a los animales. De hecho, a lado mío flotaba una rata muerta enorme, inflamada por la descomposición y cachetona por la buena vida que se dio.

El cielo era gris; el agua, verde; el reflejo de las luminarias, café; y la lluvia jugaba a caer y no caer; en fin, una tarde de mierda para disfrutar. Perdido en mis pensamientos sentí una presencia a mis espaldas, y al voltear vi una pequeña figura caminando hacia mí. Unos lentes brillantes y empañados, y en las manos los colores poco naturales del plástico; allí comprendí que alguien se acercaba para alimentar a los patos. Pensé que eso era genial –ya eran dos personas que conocía que lo hacían- y me paré y le dije “adelante”. Como para no estorbar. Allí fue cuando la vi bien, y hasta la reconocí; una mujer de avanzada edad, delgada, piel tostada, pelo corto, vistiendo una playera y pantalones viejos y una gorra colocada hacia atrás -como un astro del rap en los 90- y una collar con una única cuenca de plástico y un trozo de nylon al cual se le podía ver burdamente el nudo. La reconocí porque la llegué a ver en innumerables eventos de cultura (de los que no cobran) disfrutando de los quehaceres de los artistas; siempre en silencio, sin hablar con nadie. Y nunca la vi llegar o irse con alguien, ni saludar. Nada.

Pues bueno, al llegar me preguntó “¿Eres de prensa?”, a lo que respondí “Sí”. (Pensé maliciosamente que me reconoció, y que quizá sí me permitiría tomar fotos -en San Luis Potosí la gente se ofende o desconfía si le tomas fotos-) De inmediato se quejó conmigo sobre la situación de los patos, por lo que le confirmé que ya estaba enterado y que inclusive ésa era la razón por la que estaba ahí. Contenta ella por que le estaba tomando nota de la denuncia, no sabía que más era mi júbilo el ver lo que ella estaba haciendo: bajo la lluvia, una persona de edad avanzada viendo por estos animales. Le hablé de que la conocía de vista, para entrar más en confianza, y me platicó que vivía cerca de allí, dándome santo y seña de la calle en el peligroso barrio de kasbah. Le contesté que yo también viví un corto tiempo por allí en su misma calle y en su misma cuadra (no mentía, era la verdad: en Guadalupe Victoria). Entonces entenderá, lector, que ya en ese punto me sentía excitado por las coincidencias acumuladas.

Me siguió comentando que ella ha puesto “denuncias” ante el Ayuntamiento, explicando la mala situación en la que se encuentran los patos, pero que no ha tenido respuesta. Ella dice que es una analfabeta-digital -sin celular ni nada- por lo que tuvo que hacer un dibujo de los patos para explicar la situación de los animales y esperar que le hicieran caso. Mientras me contaba todo eso, yo le prestaba atención, pero al mismo tiempo le robaba unas fotos; no son las mejores que he tomado, la verdad, y no fue porque llovía y estaba oscuro, ni porque traía un lente muy cerrado. La principal dificultad, amigo lector, es que no se trataba de falsamente escucharle para que se dejara tomar fotos -que es algo que hacemos para que las personas nos dirijan la mirada– sino que realmente mi cerebro prestaba atención a sus palabras y sus gestos por fuera del lente.

Cuando uno toma fotos, deja de vivir el momento a cambio de guardar su luz; en este caso, preferí vivir el momento bajo la lluvia. La verdad platicamos sobre muchas cosas: de su situación difícil; que tiene que pedir comida para ella -y también para los patos-; que lleva desde la pandemia apoyando a los animales; que incluso ha tenido que buscar cubrebocas por ahí tirados porque son caros y luego no puede entrar a los lugares; que ella nunca ha usado gel; que no conoce los gansos (le platiqué que en Morales hay patos y gansos); y hasta nos reímos porque vimos otra rata ahogada por ahí, la cual pudimos sacar -yo con un palo y ella echándome buenas vibras-.

En fin, la lluvia comenzaba a sentirse como que iba a caer más, y yo no quería entretenerla, así que esperé que terminara pronto su tarea. Tampoco la iba a regañar, aunque lo ideal era que no hiciera esto bajo la lluvia. Le aseguré que la volvería a ver y que esperara mi visita -cosa que tomó con gusto-. Dicha visita la realizaré pronto, y será otra historia que ya me guardaré para mí.

Antes de despedirnos en medio de la lluvia, me pidió mucho por los patos; yo en ese momento estaba más preocupado por ella. Su nombre es Marianelli, y es una maravillosa mujer.

Por Carlos Garrigós @Pukkov 

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