No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa. José Ortega y Gasset.
En San Luis Potosí ya se respira el ambiente de cuaresma y se puede palpar la infinita hipocresía de los potosinos. La gente cuando se encuentran en la calle se hacen los desentendidos para no saludar, presurosos caminan y se alejan solo para encontrarse adelante alguien más de quien huir. No sé quién habrá inventado esa funesta tradición, pero es muy cansado y estúpido salir a la calle. Seguramente fue algún ilustre integrante de la familia Meade. Y en semana santa las costumbres nos distinguen, quién diría que la historia que algún día comenzó como una marcha de toreros y beatas se convertiría en el principal atractivo turístico de la ciudad, -si no es que el único. Esa marcha silente y pretenciosa es una muestra de fervor religioso para algunos, y una oportunidad maravillosa para exhibir la miseria moral de otros. Muchos de los concurrentes al magno evento van al jolgorio y lo que menos quieren es expiar sus pecados. La clase media acude y es de su agrado tomarse fotos y compartirlas en su cuenta de Instagram, las clases bajas asisten y verán pasar los gorros de los penitentes por encima de los hombros de aquellos que aceptaron pagar por una silla para ver cómodamente la procesión. Los jodidos como en cualquier ciudad que se precia de ser clasista, llenarán los puestos de fritangas, vagarán sin rumbo por las callejuelas pestilentes de orina y volverán caminando a sus colonias marchitas, carentes de casi todo, excepto de fe.
Por lo pronto ya salió la evaluación de World Happiness Report y resulta que México está en el top ten de los países más felices del mundo. Nuestra patria está en décimo lugar, si acaso sólo superado por Costa Rica que se coloca en la sexta posición pero vamos, ellos sí saben lo que es un quinto partido en un mundial de fútbol y tienen el Jurassic Park, nosotros hemos pagado dos copas del mundo y una olimpiada sangrienta para conseguir una docena de medallas de plata y cualquier cantidad de eliminaciones en ronda de penalties. Eso duele más que la conquista española y trescientos años de dominación, la pérdida de nuestras tradiciones ancestrales como el sacrificio humano y las guerras floridas, el trueque como sistema de intercambio de valores y el sometimiento de un género ante otro para evitar que la agenda veinte-treinta nos convierta en el paraíso de la ideología progresista. Como diría mi abuelo, “aquí ya todo parece normal, hasta el hecho que los pendejos gobiernen, no agravia a nadie”. Y es verdad, el idiota que antes vivía de hurgar en los botes de basura, es hoy una celebridad y todo por repetir hasta la náusea un a frase estúpida. Las redes sociales exigen continuamente variedad y estridencia en sus contenidos, y desde que las plataformas compensan económicamente los videos llamados “virales”, existe una suerte de apogeo de cualquier cosa que cause la hilarante y promiscua propagación, no importa si es una cacofonía reverberante de quejidos o frases carentes de sentido, lo sustancial es llamar la atención. Quizás la felicidad está directa y proporcionalmente vinculada al comportamiento pendejo. Puede que la alegría de los humanos mexicanos sea producto de su insensatez.
La semana que concluye es el más claro ejemplo de que los mexicanos buscamos formas de evasión de la realidad, evidentemente nuestra felicidad depende de la capacidad de hacernos pendejos, quizás muchos de ustedes que me leen podrán detectar cierta perturbación en la fuerza, pero es que no puede tomarse en serio una afirmación tan falaz como eso de que somos tan felices como puercos en lodazal. ¿Cómo podría ser feliz un estado con tantas desigualdades? ¿Acaso no somos el único país del mundo que no está en guerra y al mismo tiempo supera la cifra de muertos y desaparecidos de cualquier nación del medio oriente? ¿En verdad debemos sentirnos ofendidos con Donald Trump cuando repite hasta el cansancio que somos un vecino de mierda y que los grupos de delincuencia organizada merecen ser clasificados como grupos terroristas y una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Tiene sentido que el debate nacional sobre la grave crisis de seguridad en México se reduzca a la semántica y a cuando es correcto usar una frase como “campo de exterminio” para definir la más reciente página de esta novela diabólica que vivimos cotidianamente? ¿A nadie le resultó extraño que un fiscal general de la república convocase a la prensa palera del régimen en el llamado rancho Izaguirre con el objetivo de pretender cambiar la narrativa de los acontecimientos? ¿Cómo podríamos estar de acuerdo con el trato indigno que se le ha dado a las madres buscadoras y la poca compasión de los funcionarios de la cuarta transformación? ¿Somos un narco-estado o simplemente el lugar donde se premia la incompetencia y se oculta la verdad a cualquier precio? Ustedes disculparán este malicioso -y tendencioso- ejercicio mayéutico pero estoy convencido de que lo que el país necesita no son encuestas de popularidad -o felicidad- sino dosis de realidad -y menos hipocresía.
En gran medida la responsabilidad de que México esté padeciendo semejantes pifias es de la oposición que antes era gobierno, primero porque fallaron en su papel de gobernar y después, porque facilitaron el arribo de un movimiento político que se formó alrededor de un líder carismático que demostró tener un impresionante capacidad para manipular a las masas, pero con una incompetencia inadmisible para dirigir un país. Más allá de las ocurrencias y obsesiones acumuladas a lo largo de dos candidaturas fallidas, la perseverancia de Andrés Manuel López Obrador fue fundamental para el cambio en la política tradicional y nos heredó una casta de políticos reciclados, o algunos simpatizantes del movimiento de regeneración nacional que se destacan por su infinita estupidez e inexperiencia. Para comprobar mi dicho no se requiere un debate, basta con darle un micrófono a cualquiera de los personajes improvisados que nacieron en el “morenismo”, su gracia es repetir como macacos las tres o cuatro frases insulsas que a manera de chascarrillo les heredó su líder moral. Reconozco perfectamente la idiosincrasia de comportamiento de los gobiernos populistas, después de todo crecí en la época del partido revolucionario institucional, (PRI) justo cuando frases como “la cargada, el presidente no se equivoca, el que se mueve no sale en la foto y la forma es fondo” tenían sentido, y cuando había algo que no se debería discutir o poner en duda se citaba al “sistema”. Ya saben, omnipresente, omnisciente, omnipotente, incoloro, inodoro e insípido. El sistema te observaba y seguía tus pasos, sabía lo que pensabas incluso antes de que pudieras imaginar que algún día estarías en la disyuntiva de ser o parecer un enemigo del establishment, el statu quo y la virgencita de Guadalupe.
Pero el problema no es la oposición, ni los personajes afines al régimen y las profundas divisiones internas que amenazan el proyecto político del “licenciado”, presidente ausente, el residente de Palenque y próximo prócer de una revolución fallida. La cuestión tiene que ver con la grave crisis moral, ética e intelectual de la clase política mexicana. Indistintamente de filiación política o ideología, los políticos de ahora no leen y por ende, no piensan, no resuelven, y tampoco se comprometen. Su palabra vale menos que un Bolívar y sus convicciones son tan endebles, que a la primera insinuación se cambian de bando. La oposición en México ahora integrada por el partido Acción Nacional (PAN) y el Revolucionario Institucional si acaso atinan de vez en cuando a pegar de gritos y vociferar, no se oponen al sistema, por el contrario, se sienten gratificados, útiles, necesarios. Cuando se decidan a ser una oposición real, tendrán que proponerse primero, desarrollar un discurso político que corresponda al momento histórico y que atienda al sentir de los segmentos de población que aún esperan que algo suceda. Hasta el momento, los senadores y diputados del PAN, PRI Y Movimiento Ciudadano son rémoras, porque están conscientes que cuestionar la prevalencia del modelo democrático, sería poner en duda los cimientos donde descansa el pedestal donde ellos mismos procrastinan. Si hubiera un poco de inteligencia, la oposición debería reconocer que México es una entelequia y proponer una reforma política que diera origen a un constituyente fundacional, el indicio de una nueva era y resurgir de las cenizas con cuadros renovados, algo así como el movimiento cinco estrellas en Italia y la ultraderecha húngara. No digo que eso sea lo mejor para México, solo que sería más divertido en este paraíso de incongruencias. Se acerca la semana mayor y con ello las primeras vacaciones largas del año, si tienen ahorrado disfruten su asueto y si no, consigan un préstamo o a empeñar el anillo de la abuela, el caso es olvidar lo que somos y que no podemos cambiar, vamos a fingir que somos otros y compartirlo en Facebook.
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