El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como se quiere que sean. Oscar Wilde.
Cuatro décadas y siete años. Casi medio siglo en la vida de un país. Ese es el tiempo que lleva Teodoro Obiang Nguema aferrado al poder en Guinea Ecuatorial. Un hito que, en cualquier manual de ciencia política, se clasificaría sin ambages como una dictadura férrea y personalista. Sin embargo, el mundo mira, calcula y, en gran medida, aparta la mirada. ¿La razón? Un líquido negro y espeso que lo impregna todo, el petróleo. Hoy, ante esta realidad incómoda, no constato un reporte frío, sino una reflexión urgente sobre cómo la riqueza energética no solo corrompe estados, sino también la conciencia internacional. Considerando los eventos recientes, es imposible no hacer un paralelismo obsceno con otro gigante petrolero hundido en el autoritarismo, Venezuela.
Observemos el mecanismo perfecto que es Guinea Ecuatorial. Aquí no existe una democracia, existe su simulacro. El Partido Democrático de Guinea Ecuatorial (PDGE) no es un partido, es el aparato único de un Estado capturado. Las elecciones, con resultados predecibles de más del 90% para Obiang, son un ritual vacío. La oposición, encarnada valientemente por la Convergencia para la Democracia Social (CPDS), sobrevive en los márgenes de la legalidad, hostigada, sin acceso a recursos ni medios, en un país donde la libertad de expresión es un concepto abstracto. Este no es un sistema político fallido, es un sistema de control que funciona con precisión maquiavélica.
Y este sistema tiene un combustible, el oro negro descubierto en la década de los 90’s. El petróleo transformó las cifras macroeconómicas, pero no la vida de los ecuatoguineanos. En su lugar, financió la “maldición de los recursos” en estado puro, corrupción sistémica, un enriquecimiento obsceno de la élite en torno a Obiang y su hijo “Teodorín”, y el fortalecimiento del aparato represivo. Los ingresos no sirven para hospitales o escuelas dignas, sino para comprar lealtades, sofocar disidencias y blindar al régimen de cualquier presión interna. La riqueza nacional se privatiza, y el poder se hace hereditario. Es el sueño húmedo de cualquier autócrata, independencia financiera total de la voluntad popular.
Al otro lado del Atlántico, el espejo venezolano devuelve una imagen distorsionada, pero familiar. Allí, el chavismo-madurismo también edificó su perpetuación sobre la renta petrolera. Nicolás Maduro y Teodoro Obiang son almas gemelas en el arte de vaciar las instituciones, de convertir las elecciones en farsas, de perseguir a la oposición y de controlar los hilos de la economía para beneficio de una cleptocracia. Ambos han usado la riqueza colectiva para crear redes de clientelismo que mantienen una frágil estabilidad, mientras la mayoría de su población padece escasez, pobreza y la represión de quien osa quejarse. No es coincidencia que a pesar de la detención de Nicolás Maduro para ser juzgado en EEUU se mantenga en el gobierno de Venezuela la misma estructura de poder que administra al país, ahora con Delcy Rodríguez a la cabeza. A Donald Trump no le interesa ser el paladín de la democracia en el mundo, solo quiere ser el poseedor de la última gota de hidrocarburo en el planeta.
Frente a esta realidad, la actitud de la comunidad internacional es un escándalo moral que grita más fuerte que cualquier condena diplomática. Occidente denuncia, sí. Emite resoluciones, expresa “preocupación”, pero sus acciones están mediatizadas por un pragmatismo geopolítico y enérgica cobardía. ¿Cómo se explica que un régimen como el de Obiang, con un historial atroz de derechos humanos mantiene relaciones fluidas con potencias democráticas? La respuesta es simple, petróleo y gas. La estabilidad de los contratos, el acceso a los recursos, pesa más en la balanza que la libertad de un pueblo. Es una complicidad por omisión. Se condena a Venezuela con más fuerza porque su crisis es más visible y desestabilizadora, pero se tolera a Guinea Ecuatorial en un rincón de África donde el sufrimiento es más fácil de ignorar. Es una doble moral que nos deshonra a todos.
Ningún ejemplo simboliza mejor este abandono que el drama olvidado de Annobón. Esta pequeña isla, olvidada por el poder central de Malabo, -capital de Guinea hasta el dos de enero de 2026- vive un infierno de abusos, negligencia y represión. Su grito de independencia en 2022 fue un acto de desesperación absoluta. Y su reclamo histórico, aquel vínculo con el Virreinato del Río de la Plata que algunos en Argentina recuerdan, solo sirve para subrayar su soledad. El mundo sabe lo que ocurre en Annobón, pero sus 5.000 habitantes no son estratégicos. No tienen petróleo. Su tragedia no altera los mercados. Por tanto, su lucha por la dignidad se ahoga en el silencio internacional. Es la prueba definitiva de que nuestra solidaridad tiene, demasiadas veces, un precio en barriles de crudo.
Escribir sobre un tema es como arrojar una plegaria en la oscuridad de nuestra inconsciencia, con la convicción de que nombrar las cosas es el primer paso para cambiarlas. Teodoro Obiang y Nicolás Maduro no son anomalías; son productos de un sistema internacional que prioriza el flujo de energético sobre la justicia. Mientras celebramos los aniversarios de caídas de muros históricos, permitimos que se levanten otros, invisibles pero igual de letales, financiados con los dólares que pagamos en las gasolineras.Cuatro décadas y siete años son demasiados. La indiferencia no es una opción política, es una culpa. Y el petróleo no debería ser nunca más el lubricante que suaviza nuestra conciencia. La próxima vez que escuchemos sobre “estabilidad” en un país petrolero autoritario, preguntémonos: ¿estabilidad para quién? ¿Para los pueblos, o para los déspotas y los intereses que los sostienen?
En México sustituimos una economía petrolizada por una que depende en gran medida de la inversión extranjera. Las grandes trasnacionales lo saben y juegan con nuestra fragilidad, sobre todo el presidente del país vecino que ya nos amenaza con una ruda negociación en el año del refrendo del tratado comercial que nos abrió la puerta al mercado interno de la economía más importante del planeta. La presidenta Claudia Sheinbaum intenta convencer a los mexicanos que estamos a la altura de las superpotencias, pero no tenemos nada que Donald Trump necesite, codicie o añore, excepto la colaboración institucional para hacerse del comercio mundial de las drogas sintéticas.
Sería estúpido creer que la preocupación del gobierno americano es acabar con el inmenso negocio que representa el tráfico de estupefacientes. Donald Trump acaba de firmar una acción ejecutiva de alto impacto donde clasifica al fentanilo como un arma de destrucción masiva (WMD por sus siglas en inglés). Aunado al eventual cambio en la política de combate al tráfico de drogas, donde por otra orden ejecutiva firmada al inicio de su administración el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica considera terrorista, y por tanto un riesgo de seguridad nacional a todo aquel que conspire, promueva o realice acciones necesarias para comercializar sustancias prohibidas en territorio americano. La orden ejecutiva es equiparable a un dictado de un emperador romano. Su palabra, su verdad, su ley.
Hay un dato que intencionalmente omití mencionar, y tiene que ver con mi preocupación de que México se convierta en Venezuela, un estado totalitario que somete, castiga y expulsa a todos aquellos que disienten del insulso discurso oficialista. Mi mayor desasosiego es que pasando por Venezuela nos convirtamos en Guinea Ecuatorial, después de todo, nos identifica el idioma, y el deseo de un líder político por heredar el poder a un familiar cercano. Al hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador le caga que le llamen “andy”, desde ahora le llamaré por su nombre clave, “Teodorín”.
@gandhiantipatro






