
El día de ayer, la sede estatal de Morena en nuestra capital no solo fue el escenario de una asamblea informativa más, de esas que abundan en el calendario litúrgico de la Cuarta Transformación, sino que se convirtió en el epicentro de un sismo político cuya magnitud apenas comenzamos a registrar en los sismógrafos de la política local. Con la soltura de quien se sabe respaldado por el “brillo técnico” de la Secretaría de Economía, el diputado Emilio Rosas Montiel decidió levantar la mano y, de paso, levantar las cejas de sus correligionarios al anunciar sus aspiraciones para la alcaldía capitalina. El evento, más allá de la retórica de la soberanía nacional, fue un cuidadoso desplante de fuerza del ebrardismo potosino, ese que opera bajo la sombra protectora de su padre, Salomón Rosas, y que parece haber entendido antes que nadie que en la política de 2026 la eficiencia se premia tanto como la lealtad. Sin embargo, este lanzamiento es apenas el disparo de salida de una carrera donde los obstáculos no vendrán de la oposición, sino de los propios “compañeros” de partido que ya afilan los cuchillos bajo la mesa del Comité Estatal. Resulta irónico que, mientras el discurso oficial habla de unidad, la realidad nos muestre una fragmentación que amenaza con convertir la selección del candidato en una carnicería interna donde el postre será la derrota electoral. Al final del día, parece que la máxima se cumple una vez más: en el ecosistema guinda, el peor enemigo de un moreno siempre será otro moreno con hambre de poder.
Y es que, si analizamos a los otros dos jinetes del apocalipsis morenista, el panorama se vuelve aún más sombrío para quienes sueñan con una transición tersa hacia el palacio municipal. Por un lado, tenemos a Cuautli Badillo, cuya mayor virtud parece ser su capacidad de gravitación constante alrededor de Mario Delgado, hoy flamante titular de la SEP, lo que le otorga un aura de institucionalidad que, lamentablemente, no siempre se traduce en simpatía popular o en una estructura territorial propia que no dependa de las migajas del centro. Por el otro, aparece la figura siempre polémica de Gabino Morales, el eterno “superdelegado” que parece tener más vidas que un gato y más conexiones que una central telefónica, presumiendo su cercanía con el influyente “Andy” López Beltrán. Morales es el artífice de aquel acuerdo de 2021 que todavía escuece en las heridas de la militancia, cuando en una jugada de ajedrez digna de Maquiavelo —o de un negociador de mercado— impulsó a Leonel Serrato por el Verde para torpedear la candidatura de Xavier Nava. Esta esclerosis política, donde las lealtades se venden al mejor postor del momento, es la que mantiene a Morena en un estado de parálisis táctica mientras sus aspirantes se despedazan entre sí. Es claro que, si la soberbia de los grupos nacionales sigue ignorando la realidad potosina, el partido del presidente terminará entregando la capital en una charola de plata por pura incapacidad de ponerse de acuerdo.
Mientras tanto, en la acera de enfrente, el actual inquilino de la Unidad Administrativa Municipal, Enrique Galindo Ceballos, observa el espectáculo con la sonrisa de quien ha sabido construir un búnker de poder a base de pragmatismo y conveniencia mutua. Galindo, priista de etiqueta pero panista de facto por necesidad electoral, ha encontrado en la figura de Verónica Rodríguez a la aliada perfecta para sus ambiciones de permanencia o de ascenso al fuero federal. Es de una ironía deliciosa notar cómo el liderazgo de Rodríguez, marcado por la inexperiencia y una fragilidad que solo se compensa con terquedad, ha servido de alfombra roja para que el alcalde se sirva con la cuchara grande de la estructura albiazul. La dirigente estatal, más ocupada en litigar su propia permanencia en tribunales que en fortalecer la doctrina de Gómez Morín, ha permitido que el PAN se convierta en una sucursal de colocación de empleos para su grupo cercano. Se dice con insistencia en los pasillos de la política estatal que la mujer cuenta con una nómina de por lo menos cincuenta incondicionales incrustados en el ayuntamiento, personajes cuya principal función parece ser la de cobrar y la de operar políticamente a favor de la dirigencia, pero nunca la de servir a una ciudadanía que paga por su supuesta labor. Este entreguismo rampante, a cambio de beneficios económicos y espacios de “chambismo” puro, está desangrando al panismo potosino, dejándolo sin cuadros reales y a merced de los caprichos de una pareja presidencial que ya planea su propia sucesión.
Y en esa planeación dinástica, el nombre de Estela Arriaga brilla con luz propia, no necesariamente por una trayectoria política independiente, sino por ser el único activo que Galindo ha permitido que destaque en un gabinete donde el brillo ajeno se castiga con el ostracismo. Arriaga, actual senadora suplente en funciones, se perfila como la carta de continuidad para la alcaldía, en una jugada que Morena calificaría de nepotista pero que el bloque opositor intentará vender como estabilidad administrativa. Es fascinante observar cómo la estrategia de Galindo ha sido la de eclipsar cualquier otra posible figura dentro de su equipo, asegurándose de que, llegado el momento, no haya más opción que su propia esposa para mantener el control del presupuesto y el blindaje político necesario. Sin embargo, esta apuesta por la “familia real” capitalina podría ser el talón de Aquiles de la coalición, pues el votante promedio, aunque favorezca la marca PAN, podría resentir el tufo de una monarquía municipal en pleno siglo XXI. Al final del día, el éxito de este proyecto depende enteramente de que la base panista siga aceptando con resignación que su partido sea utilizado como una agencia de viajes y empleos por la senadora-dirigente y su camarilla. Es una apuesta arriesgada donde se intercambia la dignidad partidista por la seguridad de una nómina compartida.
Pero no podemos ignorar la tercera vía, esa que viste de verde y que tiene en el diputado federal Juan Carlos Valladares Eichelmann a su carta más fuerte y, quizá, la más equilibrada en términos de imagen empresarial y política. Valladares, hijo del prominente empresario del mismo nombre, representa ese “rostro amable” del gallardismo que busca penetrar en los sectores que aún miran con desconfianza al gobierno estatal, pero que ven en la eficiencia de la inversión privada un modelo a seguir. Su postulación, de concretarse, vendría a confirmar que la elección será de tercios, obligando a Morena y al PAN a replantearse si realmente pueden ganar solos en un escenario donde el voto se atomiza de manera tan drástica. El Partido Verde, bajo la batuta del gobernador Gallardo, ha demostrado que su maquinaria de operación territorial es, por mucho, la más “aceitada” y agresiva del estado, y no dudará en utilizarla para recuperar la joya de la corona que es la capital. Valladares hijo no es solo un nombre en la boleta; es la representación de un acuerdo de élite que busca consolidar el poder del Verde más allá de su base tradicional, apelando a una modernidad que los otros grupos apenas alcanzan a balbucear. Es el contrapeso perfecto para un Emilio Rosas que apela a lo técnico, o para una Estela Arriaga que recurre a lo institucional.
La conclusión de este primer análisis es tan clara como preocupante para los amantes de la estabilidad política: la posibilidad de una alianza total entre Morena y el Verde pende de un hilo muy delgado, casi invisible. Los intereses cruzados entre el grupo del gobernador y la facción que encabezan las hermanas Rodríguez —con la poderosa Rosa Icela desde la Gobernación federal y Rita Ozalia desde la dirigencia estatal— actúan como diques que impiden una consolidación unitaria. Cada grupo quiere su propia parcela de poder y nadie está dispuesto a ceder la capital, lo que nos encamina hacia una lucha frontal donde el canibalismo político será el plato principal del menú electoral. Morena se enfrenta a su propia naturaleza autodestructiva, el PAN a su desdibujamiento institucional por el entreguismo de sus líderes, y el Verde a la resistencia de una capital que siempre se ha sentido un ente aparte. El evento de Emilio Rosas ayer no fue un simple acto de asamblea; fue el disparo que rompió la tregua y dio inicio oficial a las hostilidades internas que definirán quién se queda con todo y quién se queda solo con el recuerdo de lo que pudo ser. La pregunta no es quién ganará la elección, sino cuántos “morenos” quedarán en pie después de que terminen de apuñalarse por la candidatura. Esto apenas comienza, y en nuestra próxima entrega analizaremos cómo se mueven las fichas en el tablero de los partidos satélite, esos que esperan con ansias las sobras del banquete de los grandes.
Si le pasó de noche el día de la amistad piense usted que quizás es más afortunado/a de lo que cree, en la era del capitalismo atroz no existe lugar para el amor puro sincero, solo para el que se puede comprar con regalos y dinero.
@gandhiantipatro





