OPINIÓN

La Soga al Cuello: ¿QUIÉN DA MÁS?

Pensamos de acuerdo con la naturaleza, hablamos de acuerdo con las reglas, pero obramos en razón de las costumbres. Francos Bacon.

 

El espectáculo es, por decir lo menos, dantesco. No estamos ante la asamblea de un partido político de tradición, sino en un set de televisión de Las Vegas, donde la mística de los fundadores ha sido reemplazada por el neón barato de un casino en quiebra. Jorge Romero se ha calzado el traje de Rick Harrison, pero sin el colmillo ni la gracia de quien sabe que lo que tiene entre manos es chatarra bañada en oro. “No lo sé, Rick, parece falso”, diría el espectador promedio al ver la oferta de “ciudadanización” total de las candidaturas. El PAN no está abriendo sus puertas; está rematando sus inventarios antes de que el embargo de la irrelevancia toque a la puerta en 2027. La tragedia de la derecha mexicana es que pasó de los tratados filosóficos de Gómez Morín a los manuales de autoayuda para gerentes de nivel medio. Hoy, ser panista ya no requiere leer a los clásicos o haber caminado los distritos bajo el sol abrasador. Basta con tener un buen perfil en LinkedIn y un padrino que sepa cómo negociar en la trastienda de la dirigencia nacional. Lo que antes era un título nobiliario, un signo de estatus ganado con el sacrificio de la militancia de cepa, hoy es un membrete que se oferta en la subasta de la desvergüenza. ¿Quién da más por una diputación federal?

El postor con más seguidores en TikTok o el empresario que necesite un fuero preventivo tiene mano en esta tómbola de la desesperación.

 

Jorge Romero llegó a la dirigencia con la herencia de un partido en ruinas, cortesía de la desastrosa gestión de Marko Cortés. Aquel “pragmatismo” de Cortés, que se tradujo en una fascinación casi erótica por el PRI, terminó por desdibujar la identidad del panismo hasta dejarlo en los huesos. Se cedieron espacios a personajes veleidosos que, apenas sintieron el calor del presupuesto, corrieron a refugiarse bajo las faldas de Morena. Romero recibió un cadáver político y, en lugar de intentar la reanimación con principios, decidió aplicarle cosmética de alta gama. El resultado es un liderazgo inocuo, una figura que parece más preocupada por el encuadre de su próxima videollamada que por el latido real de un país que no conoce. A diferencia de los emecistas, que al menos tienen la audacia de vender espejitos con luces de colores y música pegajosa, Romero no tiene chispa. Carece de la audacia del marketing de Movimiento Ciudadano y, para su desgracia, tampoco posee la experiencia marrullera y rapaz de un Alejandro “Alito” Moreno. Alito, ese superviviente del jurásico, sabe cómo operar en el fango y cómo traicionar con una sonrisa en el rostro. Romero, en cambio, se queda a la mitad del camino, ni es el estratega brillante que el PAN necesita, ni es el villano eficaz que la política mexicana a veces premia. Es, simplemente, el CEO de una corporación transnacional que intenta vender un producto caduco con la etiqueta de “orgánico”.

 

La visión gerencial del actual líder nacional es su mayor condena. El país no se entiende desde una suite en Polanco ni a través de las gráficas de una consultoría de marketing político. México es un complejo tejido de frustraciones y esperanzas que no caben en una hoja de Excel. Romero no recorre el país; él supervisa procesos. No conecta con el ciudadano de a pie porque su lenguaje es el de la eficiencia, no el de la empatía. Cree que con prometer el 100% de las candidaturas a “ciudadanos” ha resuelto el problema de la falta de votos. Lo que no entiende es que el ciudadano “común y corriente” no es tonto y detecta el olor a simulación a kilómetros de distancia. Es vergonzoso ver cómo se degrada lo que antaño significaba prestigio y reconocimiento social. La militancia tradicional, esa que todavía cree en el mérito y la formación, asiste al funeral de su partido mientras la cúpula celebra con canapés. Los dirigentes actuales se suponen inyectados de “jovialidad”, pero lo único que muestran es una abrumadora falta de carácter. Fueron adoctrinados  en la liturgia de la derecha filosófica, pero terminaron extraviados en el postureo más superficial. Marko se hundió en el pragmatismo sin resultados, Jorge navega en la nada del marketing de escritorio. El PAN ha pasado de ser el “faro de la democracia” a ser una tienda de conveniencia donde el inventario se decide por algoritmos.

 

Esta apertura de abanico no garantiza que los nuevos “invitados” permanezcan en las filas cuando el barco empiece a hacer agua. Los personajes de frágiles convicciones aceptarán la candidatura por la coyuntura, pero no tendrán reparo en cambiar de bando a la primera oferta del régimen. La “ciudadanización” sin filtro ideológico es una invitación al oportunismo puro y duro. Romero está sembrando las semillas de las futuras bancadas volátiles, esas que se desmoronan apenas suena el primer cañonazo presupuestal. No hay mística, solo conveniencia, no hay proyecto de nación, solo una estrategia de supervivencia personal para los que controlan el padrón.

 

El electorado natural antisistémico en México es vasto y está hambriento de una opción real. Hay millones de ciudadanos que pasan de la frustración, al enojo, pero que no ven en el PAN un vehículo para su activismo. ¿Cómo confiar en un partido que parece más interesado en subastar sus siglas que en defender sus principios? La dirigencia nacional ha fallado en la tarea básica de convertir esa rabia social en una fuerza política organizada. Prefieren la comodidad del diagnóstico digital antes que el riesgo de la movilización social. El resultado es una oposición anestesiada, que solo reacciona cuando el golpe ya ha sido asestado. La conclusión de fondo es desoladora: la ausencia de trabajo político real es la marca de la casa. El enfoque de “CEO” de Jorge Romero ha convertido al PAN en una empresa que no produce nada, pero que gasta mucho en relaciones públicas. Se ha perdido la capacidad de ser el contrapeso que México necesita desesperadamente ante un oficialismo hegemónico. Sin audacia y sin carácter, la dirigencia nacional se ha vuelto irrelevante para el ciudadano que busca un cambio verdadero. El PAN hoy es un gigante de papel, sostenido por la inercia de una marca que cada día vale menos en el mercado de la confianza pública.

 

Y si el panorama nacional es sombrío, el escenario en los estados es sencillamente catastrófico. El éxito o fracaso de la estrategia de Romero depende de las dirigencias locales, y ahí es donde la abulia y la abyección se vuelven la norma. En San Luis Potosí, por ejemplo, el compromiso es nulo y el esfuerzo brilla por su ausencia bajo mandos como el de Verónica Rodríguez. Existe una sospechosa incompetencia que parece diseñada quirúrgicamente para no estorbar los intereses del Partido Verde en el poder. Si los mandos locales prefieren asegurar sus pluris y cuidar sus negocios antes que dar la batalla, la oposición está muerta antes de empezar. El PAN potosino es el espejo de lo que pasa cuando el “gerente” local decide que es más rentable ser cómplice que opositor. Verónica Rodríguez proviene de una fracción neo panista que lideraba el ex diputado federal Xavier Azuara Zúñiga, famoso por administrar las derrotas y su papel de dócil opositor al gobierno estatal, antes priísta, ahora gallardista. El personaje en cuestión creció como el efebo consentido en la corte del virrey Marcelo de los Santos Fraga. Su educación cortesana le permitió relacionarse adecuadamente en el vasallaje de la élite potosina. Sin embargo, la falta de preparación y un ascenso accidentado que coincidió con el declive de otro grupo denominado “círculo azul” que encabezaba la entonces senadora Sonia Mendoza, lo llevaron a escalas para las que aún no contaba con la necesaria formación práctica e ideológica.

 

De ahí sus titubeos al momento de pretender postergarse en el poder. Eligió de entre sus huestes a quien consideraba más sumisa, y por un tiempo así fue, hasta que los excesos y la carencia de luces llevaron la relación al extremo. Verónica Rodríguez pasó de ser -bajo la sombra azuarista- activista a regidora del ayuntamiento capitalino, dirigente estatal de su partido y senadora de la república. Un ascenso meteórico que sin la adecuada preparación puede afectar la salud mental del individuo. Es como el “mal de montaña” típico de los alpinistas inexpertos, si suben demasiado pronto, les puede provocar un edema cerebral o pulmonar. La pobre mujer apenas se había trepado a un ladrillo y ya sentía los estragos del poder, mareos, visión borrosa y lagunas mentales. Ahora debe responder a los retos que las circunstancias políticas actuales le exigen y ni siquiera ha hecho un recuento de daños de la elección anterior. Para cubrir la cuota que le exige su dirigencia nacional depende en gran medida del financiamiento y apoyo del grupo político del alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos, quien ya cuenta con la lealtad de los pocos panistas que quedan en San Luis Potosí.

 

Sí Galindo no es candidato a gobernador de una alianza de partidos encabezada por el Acción Nacional, la candidata emergente será la lideresa panista y deberá renunciar a la dirigencia por estatutos desde un año antes de la elección. Ojalá y que quien la sustituya acepte pagar el salón de belleza y el personal de limpieza para su casa, porque caras vemos, corazones no sabemos, hay gente muy ingrata y malagradecida. Y agregue usted -como dijo el filósofo- que “los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud”. Eso es algo que no debe uno perder de vista, no por qué se nos olvide la gente, desaparecen los agravios y -mucho menos- las ganas de hacer chingaderas.

¿Quién da más por el último pedazo de dignidad panista? La subasta está abierta, pero me temo que ya no hay compradores honestos en la sala.

 

@gandhiantipatro

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