
Hace una semana, cualquier analista político con dos dedos de frente y una pizca de decencia habría descartado a Enrique Galindo Ceballos como aspirante viable a la gubernatura de San Luis Potosí para 2027. No por falta de currículum, el hombre ostenta el récord de ser el primer alcalde reelecto en la historia de la capital, suma una trayectoria de décadas en seguridad pública que incluye el cargo de Comisionado General de la Policía Federal, y tiene el tipo de temple – algunos dirían el cinismo necesario, otros la desfachatez – que da haber comandado corporaciones en momentos de máxima turbulencia, cuando el país ardía y él, desde su despacho, aprendía el oficio de la supervivencia política. El problema era otro, más simple y más brutal, Gerardo Sánchez Zumaya, el empresario huasteco que parecía haber nacido para devorar no solo al “gallardismo”, sino a cualquier ambición que se le cruzara en el camino. El empresario, registrado por el Partido del Trabajo, lideraba todas las encuestas con un discurso disruptivo y una beligerancia frontal contra el poder local encabezado por Ricardo Gallardo Cardona. Sánchez Zumaya no solo superaba a los aspirantes de Morena y del Verde, arrastraba a Galindo en las mediciones como quien arrastra un trapo viejo por el suelo de una cantina, sin miramientos, sin piedad, con la naturalidad de quien sabe que el dinero y el discurso populista pueden comprar lo que la honestidad no alcanza.
La contienda parecía sentenciada, el empresario se tragaría vivo al gobernador, disputaría la gubernatura con ventaja aplastante, y Galindo volvería a lo suyo, a cobrar una pensión, a dar conferencias sobre delincuencia organizada, a ser recordado como el alcalde que pudo ser algo más pero que la vida, -o la mala suerte- o la falta de carisma, no dejaron. Pero esto es México, y los escenarios cambian de la noche a la mañana, con la misma naturalidad con que te congelan las cuentas o te funan en redes sociales por haber dicho algo políticamente incorrecto un día cualquiera en una peda. La suerte, -decía el filósofo- es el nombre que los pueblos dan a la impotencia de entender el azar. Galindo ha sido afortunado algunas veces, aunque después lo haya pagado con creces. Esta semana que concluye, Sánchez Zumaya publicó un escueto comunicado en sus redes sociales renunciando a sus aspiraciones. No dio explicaciones convincentes, no anunció incorporación a otro partido, no ofreció ruta alternativa que justificara semejante desperdicio de capital político. Solo se despidió, agradeció a quienes lo apoyaron, y desapareció del tablero con la velocidad de quien ha recibido una llamada a altas horas de la noche, o una visita inesperada de hombres con traje oscuro y lenguaje educado. Los rumores -que en política son el único periodismo que no miente, la única verdad que no se disculpa- apuntan a un “apretón” del régimen, a una depuración de control de daños realizada por el sistema político encabezado por Morena, utilizando los mecanismos a su alcance para eliminar a un competidor incómodo que les hacía sombra, que les ganaba en las encuestas, que les recordaba que el pueblo, a veces prefiere al empresario locuaz antes que al burócrata obediente. Como decía mi abuelo: cuando se les aparece el diablo, cualquiera reza pa’ su santo.
El resultado es que el PT se plegó a Morena sin condiciones, sin dignidad, sin siquiera el decoro de fingir una negociación, y mañana, en la Ciudad de México, se anunciará oficialmente a Elí César Cervantes como “coordinador de la Defensa de la Cuarta Transformación”, -mamarracho de título que en la práctica significa candidato a gobernador- aunque todos sepan que es un personaje de bajo perfil, el ex delegado de la SICT, que Morena postula “con miras hacia la sobrevivencia”, como quien apuesta al empate técnico por default. Cervantes es, en el panorama actual, el menos malo de los males posibles para Morena, lo cual no deja de ser una condena con palabras de elogio. Es tan cierto que el político es un comediante que ha decidido tomarse en serio a sí mismo a costa de la realidad de los demás.
Mientras tanto, el Partido Verde Ecologista -ese aliado histórico de Morena que a nivel local mantiene una rivalidad de camerinos con los morenistas- aún no anuncia formalmente a Ruth González Silva, esposa del gobernador Gallardo. Pero todos saben que ella es la carta, la apuesta, la heredera natural de un trono que se construyó con recursos públicos y se consolidó con promesas de fidelidad eterna. El problema es que la presidenta Claudia Sheinbaum ha manifestado abiertamente su rechazo al nepotismo, no como vicio menor sino como agravio mayor, no solo moralmente sino institucionalmente: sugirió modificar los estatutos de Morena para impedir que el partido se aliara con fuerzas que postulen familiares de gobernantes en turno. El mensaje es claro, aunque envuelto en el lenguaje diplomático de quien no quiere quemar naves pero tampoco dejar que otros las usen sin permiso. Si Ruth González insiste en la candidatura, el Verde se quedará solo, sin alianza, “rascándose con sus propias uñas”, y aunque los verdes potosinos tengan las uñas largas, en la Ciudad de México no les gustan los experimentos raros, las rebeldías provincianas, las candidaturas que huelen a dinastía en tiempos de democracia simulada. Los imperios se construyen sobre la ignorancia de las masas y se derrumban cuando los tiranos empiezan a creer en su propia divinidad.
Aquí es donde la suerte -o la providencia política- sonríe a Galindo. Porque si algo ha demostrado el ex comisionado federal a lo largo de su carrera es que es un oportunista nato, un tipo que sabe aprovechar las oportunidades que el destino le pone enfrente, incluso cuando esas oportunidades nacen del desastre ajeno, de la desaparición fortuita de un rival, de la torpeza de un régimen que elimina competidores en lugar de enfrentarlos. Hace tiempo circuló el rumor de que el PRI local, encabezado por la diputada Sara Rocha Medina, buscaría alianza con el Verde. Una idea tan antinatural como improbable, como un matrimonio entre primos, Rocha y su compañera de bancada Friné Azuara son conocidas en el Congreso como “comparsas” del gallardismo, dos de veintisiete que votan sin chistar cualquier ocurrencia del coordinador verde Héctor Serrano Cortés, que aplauden con las manos y con la conciencia, que firman lo que sea con tal de mantener sus curules y sus privilegios. Pero la visita de Alejandro “Alito” Moreno a San Luis Potosí despejó dudas con la elegancia de un chivo en cristalería. El dirigente nacional del PRI anunció que buscaría aliarse con “cualquier partido que no sea Morena”, al que no dudó en calificar como “narco partido”, una frase que en boca de quien preside al PRI suena a confesión disfrazada de acusación, a autobiografía con nombre ajeno. Cuando un reportero le preguntó específicamente sobre el Verde, Alito se limitó a repetir su consigna, pero el silencio fue elocuente: los aliados de Morena no aceptarían sentarse con quien los insulta, y las dirigencias nacionales no permiten “barrabasadas”. Esa fantasía no llegó ni a la mesa de negociaciones. El PRI, en su desesperación por sobrevivir, había considerado el incesto político, el sentido común o el miedo, disuadió a su malquerientes benefactores.
Lo que sí ocurrió según una fuente que pidió reservar su nombre, -porque en San Luis Potosí hablar de más puede costar caro, y no solo en términos políticos- fue una reunión de alto nivel entre Galindo y Alito Moreno. De ella salió confirmado que la carta del PRI en San Luis Potosí es Enrique Galindo Ceballos. Y eso incluye un cambio de dirigencia local, sale Sara Rocha Medina, entra un incondicional de Galindo, alguien que aprendió el oficio de la obediencia ciega en las escuelas del viejo PRI, que sabe que el líder se respeta aunque se equivoque, que el partido es familia aunque sea disfuncional. El PRI, en su agonía, prefiere entregarse a quien conoce el oficio y aporta mayor seguridad -aunque tampoco creo que haya salido barato.
Así que el escenario se ha reconfigurado radicalmente en siete días, con esa velocidad que solo tienen los desastres naturales y los acuerdos políticos hechos en lo oscuro. Morena y el PT van con Elí Cervantes, un candidato de circunstancia, de esos que se eligen porque no hay otro y porque el verdadero candidato aguarda un mejor momento para hacer su aparición. El Verde va con Ruth González, pero sola, expuesta al rechazo presidencial y sin alianza, con la Ley Esposa como espada de Damocles y el desprecio de Sheinbaum como corona invisible. MC sigue fragmentado entre Marvelly Costanzo, Josefina Salazar y Marco Gama, dividiendo entre tres lo que ni juntos lograrían sumar. Y el PRI ya tiene dueño: Galindo, el oportunista, el afortunado, el sobreviviente, el encantador de serpientes. Y aquí hay que reconocerlo sin entusiasmo excesivo, con la frialdad de quien observa un accidente desde la acera, de los aspirantes en juego, Galindo es el más avanzado de la clase. No porque sea el mejor, ni el más honesto, ni el más popular, sino porque es el único que ha logrado tejer una estructura real, -de complicidades- mientras los demás se disputan los aplausos del respetable. Galindo tiene suerte, sí, pero también tiene algo que sus rivales carecen, la paciencia de la serpiente, la capacidad de esperar inmóvil hasta que la presa se acerque lo suficiente, agazapado, el instinto de saber cuándo atacar y cuándo fingir que no pasa nada, que solo se está dando un informe de gobierno, que solo se está celebrando la democracia municipal. Todo hombre que quiere gobernar a los demás está ya corrompido por el simple deseo de hacerlo.
Pero no hay que confundir fortuna con virtud, ni supervivencia con legitimidad. Galindo es un tipo con suerte, sí, pero también es un político de retazos, de fragmentos mal cosidos, de piezas que no encajan pero que él, con su oficio, ha aprendido a hacer funcionar. Su equipo se compone de pedazos del viejo PRI, el más anquilosado, el que no ha entendido que el siglo XX terminó hace dos décadas, de burócratas panistas poco representativos, de esos que se afiliaron al PAN por tradición familiar, no porque creyeran en sus ideales, y que ahora cambian de chaqueta con la misma naturalidad con que cambian de opinión, y de un séquito de incondicionales que lo han seguido a ciegas a lo largo de su carrera y que conforman algo parecido a una secta, donde lo miran con abyecta fascinación y lo llaman por el mote casi mesiánico de “maestro”. Un título que no requiere tesis ni defensa, solo devoción, sólo la renuncia al pensamiento crítico, o la entrega total de la voluntad a cambio de migajas de poder. La gloria de los tiranos consiste en haber comprendido que los hombres -y mujeres- no piden ser libres, sino servidos por un amo que les evite pensar. Pronto, sin embargo, deberán actualizar el título. Según trascendió por voz propia, Galindo está por concluir un doctorado especializado en delincuencia organizada y lavado de dinero. Así que ya pronto no será solo “maestro”, será “maestro y doctor”.
A Galindo solo le resta un obstáculo, una frontera final que cruzar antes de poder llamarse candidato, convencer a Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, de que autorice la alianza con el PRI en San Luis Potosí. Romero, desde el relanzamiento de la “marca PAN”, ha insistido en que “se acabaron las alianzas” porque no funcionaron, porque se perdió legitimidad y congruencia, porque el electorado de centro-derecha se confunde cuando ve a sus líderes abrazando a quienes ayer denostaban. Pero en política, como en el amor, las promesas se renegocian cuando el interés es superior, cuando la alternativa es la extinción, cuando el enemigo común -ese monstruo llamado Morena- amenaza con devorar todo a su paso. Y el interés aquí es claro, sin alianza, Galindo compite dividido, con un PAN fragmentado y un PRI resentido, con alianza PAN-PRI, el maestro y doctor tiene una ruta real, matemática, hacia la gubernatura. No es segura, pero es posible, y en política la posibilidad vale más que la certeza, porque la certeza solo la tienen los tiranos, y ellos, al final, también caen. Desde la perspectiva del poder, la verdad es siempre un lujo inútil o un peligro inminente.
Esta semana, Galindo rendirá su quinto informe de gobierno en la Plaza Fundadores. Se anuncia como un evento apoteósico, faraónico, mamalón, un espectáculo de luz y sonido como pocas veces visto. Un informe que huele a precampaña disfrazada, a demostración de fuerza, a mensaje para Romero enviado en código de luces y bengalas, yo ya estoy listo, tengo al PRI en mi bolsillo y al PAN en mi cartera. Hace una semana, Galindo parecía condenado al olvido político, a ser el alcalde que pudo ser gobernador pero que la vida o el destino no dejaron. Hoy, tras el tropezón de Sánchez Zumaya, la candidatura de bajo perfil de Morena, y el aislamiento forzado del Verde, el ex jefe de la Policía Federal se ha convertido, casi por accidente, casi por inercia, en la opción más sólida de la oposición. A menos, que Jorge Romero tenga otros tratos en San Luis Potosí, las alianzas no son opción, son necesidad de supervivencia. Total, para lavarse las manos hace falta usar la izquierda y la derecha en una maravillosa sincronía.
@gandhiantipatro






