OPINIÓN

La Soga al Cuello: El manual de la desobediencia

La codicia, el amor a los placeres, la lujuria, la ociosidad y la cólera son las principales causas de los crímenes. El germen de estas pasiones se encuentra en todos los hombres. John Henry Brodribb Irving.

 

Dicen los clásicos de la liturgia política que el poder no se comparte, se ejerce, o al menos eso creíamos antes de que la gestión de la administración pública mutara en una permanente asamblea de rendición de cuentas e improvisaciones donde el protocolo es solo un estorbo para el espectáculo. En estos meses, el escenario nacional ha dejado de parecer un gabinete de Estado para asemejarse más a un sainete de enredos de carpa de barrio, un foro donde los gobernadores imponen su propia música, los hijos pródigos redactan epístolas trasatlánticas con tono de tragedia griega y los secretarios reciben bendiciones e inquisiciones desde el norte sin que nadie acierte a tomar la batuta con firmeza. Ahí está la estampa, un secretario de Seguridad que cruza el continente para ser agasajado en un cónclave en Argentina, mientras en el centro, la presidenta se justifica el viaje apelando a una repentina “democratitis” de votos a mano alzada. La diplomacia convertida en tómbola de kermés. El reconocimiento extranjero a Omar García Harfuch -que a más de un purista del obradorismo duro le habrá provocado un retortijón soberanista de dimensiones históricas- sirve para dejar en claro que mientras unos acumulan lealtades doctrinarias de 100% honestidad y 0% eficacia, otros construyen interlocución real donde se toman las decisiones de verdad. Pero ya sabemos que en la ortodoxia del movimiento, caerle bien a Washington es el camino más directo para despertar las antipatías del sanedrín fundador y ganarse una ficha verde en el tablero de las envidias sucesorias.

 

En su agudo ensayo La sociedad del cansancio, el filósofo Byung-Chul Han advierte que el exceso de positividad y la autoexplotación política terminan por disolver la verdadera autoridad en un mero simulacro de rendimiento. Aplicado a nuestra fauna criolla, el fenómeno es casi poético, la prisa por aparentar que todo está bajo control produce una comedia donde la firmeza se sustituye por boletines y las crisis territoriales por ausencias médicas calculadas al milímetro. El verdadero espectáculo de la semana, sin embargo, no estuvo en Buenos Aires ni en los salones de la cancillería, sino en el efímero sainete de Sinaloa. El gobernador Rubén Rocha Moya, envuelto en la marejada de un expediente federal que rehúsa enfriarse y acosado por los fantasmas de Huertos del Pedregal, decidió que 112 días de contemplación eran demasiados para su vocación de mando y anunció su regreso al timón. Un movimiento fulminante, un amago de autoridad que duró lo que un suspiro en la tormenta, o para citar a la sabiduría popular más llana y menos refinada, menos que un estornudo en medio del vendaval.

 

El repliegue orquestado de las huestes oficiales y el gélido silencio institucional le recordaron al mandatario sinaloense una lección elemental de la alta política, los feudos territoriales pueden asumir que el centro está distraído, pero el veto de Palacio Nacional sigue teniendo tinta en el tintero. Bastó un resguardo táctico, una “oportuna” indisposición de salud para evitar la mañanera y la repentina disciplina de bancada en el Congreso local para que el ansia de retorno se disolviera en un vulgar expediente de trámite. El aviso fue cristalino, en el teatro de la república, el vestuario de gobernador se lleva con permiso, no con desplantes de guapo de barrio. Donde la prueba del ácido amenaza con romper el molde y hacer saltar las costuras del discurso moral es en las benditas y siempre surrealistas tierras potosinas. El tan cacareado veto contra el nepotismo -aquel mandato moral que en Guerrero y Zacatecas hizo plegar velas a más de un cacicazgo con pretensiones hereditarias- ha topado con una pared de cinismo frente al pragmatismo feroz del Partido Verde. En San Luis Potosí, el pacto no se firma con la doctrina de la transformación ni con las citas del catecismo oficial, sino con la nómina, el presupuesto y el control absoluto del territorio.

 

Como señalaba el pensador Emil Cioran en Ese maldito yo, “todo pueblo que no ha logrado crear una tiranía propia acaba aceptando la primera que se le presente en la esquina”. La oposición potosina, reducida a una comparsa patética y cooptada alcaldía por alcaldía, encaja a la perfección en la sentencia del filósofo rumano, vendieron las banderas por tres delegaciones y un par de regidurías, dejando el campo libre para que el “gallardismo” transforme el estado en su propiedad privada sin despeinarse. El cálculo del clan local es tan transparente como escandaloso, romper la coalición en lo local, retirar a la senadora Ruth González Silva de las encuestas de Morena para “no violar los estatutos del aliado”, y mandarla a la boleta con las siglas del PVEM, donde los ideales contra la herencia del poder simplemente no pagan tenencia ni respetan semáforos. Controlan los ayuntamientos, reclutan a los alcaldes que ganaron por otros partidos y se dan el lujo de mantener aspirantes enfrentados en municipios clave como Ciudad Valles y Tamazunchale para entretener a la tribuna. Confían plenamente en que, al final del día, el centro no arriesgará la mayoría en el Senado por una simple disputa de provincia.

 

Como si al folclor político potosino le hicieran falta extravagancias, el sainete electoral sumó un nuevo capítulo cortesía de una burda encuesta divulgada por El Heraldo de México. El sondeo -pagado por un medio directamente ligado a la Secretaría de Gobernación y generosamente consentido por el presupuesto publicitario de Palacio Nacional- busca desesperadamente posicionar como un “competidor natural” al rector de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, Alejandro Zermeño Guerra, presentándose como la carta brava de Morena para la gubernatura o la alcaldía capitalina. Hay que tener la capacidad táctica de un aprendiz desvelado para creer que la ciudadanía no descifrará la maniobra. Inflar la figura de un académico para vender la idea de que la burocracia federal tiene un as bajo la manga, cuando en realidad las operadoras de la estrategia, empezando por las hermanas Rodríguez, siguen demostrando que el ropaje de Maquiavelo les queda ridículamente holgado. El verdadero descaro, sin embargo, radica en la memoria corta de los promotores de la idea. Querer disfrazar a Zermeño Guerra de gladiador social implica ignorar que la UASLP viene de sufrir uno de los periodos más oscuros y mezquinos en su relación con el Ejecutivo estatal, asfixiada por los recortes y el regateo presupuestal. Y ante la embestida contra la autonomía universitaria, San Luis Potosí no conoció a un rector digno, sino al perfil más pusilánime y patético de su historia reciente -dejando en un pedestal de firmeza al mismísimo Manuel Villar, cuyo único mérito profesional fue pasar la vida desempeñando el rol de ujier. ¿En verdad pretenden Rosa Icela Rodríguez y Rita Ozalia convencer a la opinión pública de que un funcionario tan gris y amedrentado sería un contrincante capaz de plantar cara a la rabiosa jauría de orcos gallardistas?

 

Bien dice el refrán que en tiempos de crisis no se deben hacer experimentos, pero en San Luis Potosí -que desde tiempos inmemoriales funciona como un laboratorio político con médico loco y ratas incluidas- insisten en vender la fantasía de que una víctima profesional puede convertirse, por obra del presupuesto de prensa, en un caudillo victorioso. Queda por ver si el anunciado intento de Morena por ir en solitario con perfiles propios es un manotazo real de autoridad o simplemente la escenografía perfecta para validar la victoria de un feudo que se sabe indispensable para la gobernabilidad nacional. Si la disciplina no alcanza para frenar las dinastías verdes, quedará demostrado que el rigor moral de la administración es inflexible y dogmático… salvo cuando enfrente hay un gobernador con presupuesto, estructura territorial y las agallas suficientes para demostrar que, en México, el garrote del centro solo asusta a los que no tienen con qué pagar la fianza.

 

Juan Ramón Juárez Andrade

 

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