OPINIÓN

La Soga al Cuello: La Dictadura de los Estúpidos  

 

Gobernar ha dejado de ser un ejercicio de tiranía o de sabiduría para convertirse en la desesperada necesidad de no caer en el olvido. El político moderno no le teme a la condenación de la historia, sino a la inexistencia en el catálogo de las frivolidades diarias.

 

Vivimos en la era de la política convertida en una incesante pasarela de circo y farandulización. En San Luis Potosí y a lo largo de la geografía nacional, la clase gobernante ha descubierto que gobernar es un asunto demasiado aburrido y complejo para los tiempos que corren. Por ello, han decidido abrazar con fervor apostólico la doctrina del farmear aura, esa peregrina disciplina digital que consiste en acumular validación mediante la estridencia, el ridículo deliberado y la sobreexposición mediática en eventos juveniles. La propuesta programática y el debate parlamentario de fondo han pasado a mejor vida con un certificado de defunción firmado por la tiranía del algoritmo. Ya no se trata de convencer a la ciudadanía con ideas, sino de atrapar la atención esquiva del respetable público mediante un permanente despliegue de excentricidades. Y es que, al final del día, una buena pirueta rinde más dividendos electorales que un aburrido proyecto de ley.

Esta metamorfosis no es casual ni brota de la nada, sino que responde a la lógica implacable del info-entretenimiento contemporáneo. En su célebre ensayo En el enjambre, el filósofo Byung-Chul Han advierte que la sociedad digital no forma una masa coherente con voz propia, sino una aglomeración de individuos aislados sin un “nosotros” unificado. En este espacio atomizado, la política se despoja de su dimensión deliberativa para transformarse en un espectáculo puramente sensorial e hiper mediatizado.

 

Los algoritmos de las redes sociales no premian el rigor argumentativo ni la verdad factual, sino la emoción violenta, la velocidad de consumo y el impacto estético inmediato. El dirigente político comprende perfectamente esta regla del juego y decide abdicar de su papel de servidor público para convertirse en un creador de contenido de tiempo completo. Resulta enteramente fascinante constatar cómo la solemnidad de las instituciones se rinde gustosa ante un par de likes y un puñado de reproducciones. Sería una ingenuidad suponer que el ciudadano común consume estas bufonadas con credulidad absoluta o devoción sincera. El público asistente a este circo digital reconoce la falsedad de la puesta en escena, pero la voracidad del morbo resulta infinitamente más poderosa que la exigencia de seriedad. Nos encontramos ante una fascinación voyerista por presenciar la paulatina degradación de la investidura pública a manos de sus propios portadores. Ver a una figura de poder rebajarse a hacer el ridículo genera una suerte de catarsis colectiva y de entretenimiento de bajísimo costo. Además, el ciudadano común, sometido a los rigores de una existencia cotidiana precarizada, observa con mezcla de asombro y desdén la impunidad simbólica de quien se sabe inmune al ridículo. Por supuesto, el político confunde alegremente la reproducción masiva de su video con un respaldo popular multitudinario.

 

Afortunadamente para su ego, la pantalla no distingue entre la admiración respetuosa y la carcajada socarrona.

Un caso sumamente didáctico de esta dinámica en tierras potosinas lo encarna de manera magistral el ex legislador José Luis Romero Calzada, apodado “El Tecmol”. Su trayectoria política constituye un verdadero tratado sobre la utilización del escándalo deliberado y la provocación como eficaces herramientas de posicionamiento mediático. Desde irrumpir bailando en la tribuna del Congreso del Estado hasta realizar estrambóticas transmisiones en vivo desde helicópteros, su propuesta se basa en romper el protocolo institucional para acaparar los reflectores. Se autonombra con orgullo un perfil “anti-político”, aunque haya transitado sin mayor rubor por una colorida pasarela de partidos tradicionales. Romero Calzada comprendió antes que nadie que en la sociedad de la transparencia y el espectáculo, el desprecio también suma en el contador de la visibilidad. Y hay que reconocerle un mérito indiscutible, pocos han logrado convertir la chabacanería deliberada en una plataforma electoral tan rentable y duradera. Este fenómeno de la masa digital se fertiliza en un terreno sumamente específico, el ecosistema de redes sociales como Facebook, consumido masivamente por sectores en los límites de la marginalidad. En un entorno donde la conectividad está recortada a paquetes de datos limitados, la red social de la marca azul se convierte en la única ventana accesible al mundo. Allí no hay espacio para la verificación de fuentes ni para el rigor periodístico, sino para la velocidad del feed y la selva de los comentarios. La sección de respuestas de cualquier publicación opera como un coliseo romano donde la gente se enfrasca en batallas feroces por las cuestiones más irrelevantes. Es el lugar idóneo donde conviven al mismo nivel la discusión de la política local, las teorías de la Tierra plana y las conspiraciones sobre reptiloides subterráneos.

 

El análisis de este escenario exige mirar de frente la profunda fractura cultural y educativa expuesta por evaluaciones internacionales como la prueba PISA. Los resultados que ubican a nuestro país en niveles alarmantes de rezago cognitivo no son culpa de la infancia, sino del entorno adulto que rodea a esa niñez. Vivimos en una sociedad golpeada por el analfabetismo funcional, donde la falta de hábitos de lectura en el hogar anula la posibilidad de desarrollar un pensamiento crítico abstracto. Ante jornadas laborales extenuantes y traslados inhumanos, la población exhausta busca refugio en la recompensa dopaminérgica del video corto de Tik Tok. Byung-Chul Han nos recuerda que el medio digital deshabita el silencio y destruye la capacidad de atención profunda. Así, el ciudadano queda privado de las herramientas conceptuales para cuestionar el poder. Es una verdadera maravilla técnica, la ignorancia sistematizada se ha convertido en el mejor cliente de la comunicación gubernamental.

 

En el Congreso del Estado de San Luis Potosí encontramos otro matiz de esta misma corriente en la figura del diputado Carlos Arreola Mallol. Aquí la estridencia no adopta el empaque del troglodita, sino la pulcra estética de la joven guardia partidista armada con teléfonos de última generación. Lo mismo se le observa grabado por un dron sobre la majestuosa cortina de la presa San José, que entrando al recinto legislativo parado de manos -literal. Arreola Mallol combina con soltura la adhesión doctrinaria a la Cuarta Transformación con el despliegue gimnástico del influencer de moda. La política deja de ser un acto de oratoria o de técnica legislativa para convertirse en una vibrante narrativa audiovisual de consumo rápido. Es el empaquetado perfecto para el dogma ideológico, si adornas el discurso oficial con un par de volteretas, el algoritmo sonríe y la audiencia aplaude. Todo sea por demostrar que la juventud y la acrobacia son sinónimos de eficiencia parlamentaria. A pesar de que los morenos son muy buenos para dar maromas a la hora de aclarar porque no son iguales que el PRIAN, aunque se comporten de la misma forma y emulen las viejas costumbres con jocosa algarabía.

 

Por su parte, la recién creada municipalidad de Villa de Pozos nos regala un retablo de clientelismo clásico re empaquetado en formato de transmisión en vivo. Su alcaldesa concejal, Martha Patricia Aradillas, recorre afanosa las calles del municipio entregando personalmente bandejas de huevos de gallina a las familias de la demarcación. Mientras realiza el recorrido, el personal a su cargo avanza gritando por megáfono un estribillo de refinada finura institucional: “salgan por sus huevos”. La escena entera se transmite en directo por las plataformas oficiales del ayuntamiento para constatar la cercanía de la autoridad. Nadie en la prensa ni en la oposición ha tenido a bien cuestionar la existencia de reglas de operación o la justificación técnica de semejante programa alimentario. Parece ser que en Villa de Pozos la hambruna era tal que requería la salvación inmediata mediante blanquillos entregados en propia mano. Resulta conmovedor presenciar cómo la dignidad de la función pública se tasa hoy en docenas de huevos. La alcaldesa estará en la boleta en 2027 como abanderada del partido verde, alguien le recomendó que debía mejorar su presencia física con una dieta rigurosa o una manga gástrica y además, un programa asistencial como aquel con el que inició la “gallardia” en Soledad de Graciasnos Sánchez, con el reparto de garrafones de agua purificada. Quizás ese será -seguramente- el lema de campaña de la alcaldesa: vota por Paty Aradillas, por un Villa de Pozos más justo, huevos para todos.

 

Para cerrar este elegante círculo de degradación pública, el gobierno del estado de San Luis Potosí ha decidido echar mano de la artillería pesada del entretenimiento viral. La contratación de la famosa empresa de producción digital Badabun para dar cobertura al informe del gobernador Ricardo Gallardo Cardona representa el triunfo definitivo del espectáculo. Los mismos que se hicieron célebres haciendo bromas callejeras y ridiculizando transeúntes anónimos, ahora son los encargados de certificar los grandes logros de la administración estatal. Recientemente los vimos orquestando un cuadro costumbrista donde la senadora Ruth González Silva come molletes junto a una vendedora tradicional en el centro histórico. Ante la ausencia alarmante de un discurso político estructurado y de indicadores de gestión comprobables, se recurre a la instrumentalización de la gente común para fabricar empatía. Al final del día, si no tienes obras de impacto que presentar, siempre puedes contratar a un youtuber para que te grabe sonriendo. Como ciertamente señala Byung-Chul Han en su libro En el enjambre, la acumulación de información y el ruido mediático no generan ningún tipo de verdad, al contrario, la destruyen. La masa digital no es un pueblo consciente, sino una multitud de espectadores aislados que consumen la política con los mismos criterios con los que eligen un video cómico en la red.

 

El político potosino ha comprendido la lección con pasmosa lucidez y ha decidido abdicar de la complejidad del gobierno para abrazar la comodidad del circo. Las instituciones democráticas se transforman así en escenarios de una comedia permanente donde la transparencia se confunde con la exhibición impúdica de la frivolidad. En este gran teatro de lo absurdo, la rendición de cuentas es una antigualla olvidada y la evaluación presupuestal un trámite fastidioso. La transparencia de la política moderna es la exhibición impúdica de su propia vacuidad. En la era del rendimiento digital, la pirueta ante la cámara reemplaza la justicia social, y la frivolidad se consagra como la única moneda de cambio relevante. La masa conectada no forma un pueblo, sino una aglomeración de soledades hambrientas de estímulo. En este coliseo de datos, la entrega de pan y circo ya no requiere una plaza: basta con una transmisión en vivo y un estribillo de bajo costo.

 

@gandhiantipatro

 

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