
Hay fotografías que no se toman con una cámara, sino con un cronómetro de cuenta regresiva y un detector de mentiras apagado por pura cortesía. La tarde del sábado, en las benditas e históricamente puritanas instalaciones del Comité Directivo Estatal del Partido Acción Nacional en San Luis Potosí, se escenificó un milagro laico que ni el mismísimo Manuel Gómez Morín habría podido prever en sus peores delirios de fiebre doctrinaria. Rodeado de banderas azul y blanco, con el pecho henchido de un orgullo que parecía recién alquilado, el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos proclamó a los cuatro vientos que el PAN es, desde ahora, su “casa” y su “familia”.
Para un hombre que ha mamado la liturgia tricolor desde las cañerías del viejo régimen, la conversión al panismo no es un asunto de fe, es un asunto de estricta supervivencia climática. Afuera, el termómetro político del estado marca un calor sofocante impuesto por la hegemonía del “gallardismo” verde ecologista y la marea guinda que todo lo devora a nivel federal. Adentro, en el búnker de la oposición, el frío de la hipocresía colectiva congeló las sonrisas en una imagen que pasará a la historia local como el monumento definitivo a la simulación.
Observar detenidamente es internarse en un laberinto de espejos donde cada protagonista esconde un puñal detrás de la espalda del vecino, mientras posa para el encuadre que atestigua, con el beneplácito de la distracción cupular, la secretaria general del Comité Ejecutivo Nacional, Karen Michel González Márquez. La plana mayor del panismo potosino se declaró “lista” para el proceso electoral de 2027. Lo que omitieron mencionar, por supuesto, es “para qué” están listos exactamente, si para competir por la gubernatura o para destrozarse mutuamente en el reparto de las migajas que quedan de la mesa municipal. El alcalde, en un rapto de elocuencia melodramática que rozó el guión de una telenovela de época, justificó su presencia y su súbita epifanía blanquiazul apelando a la fibra más sensible de la tribuna: “Yo no voy a dejar ese San Luis para mi nieto”, -exclamó- advirtiendo que no permitirá un estado “corrompido, hundido, perdido y con miedo”. La retórica es impecable para el aplauso fácil de la militancia que acudió a llenarle el recinto, muchos de ellos, por cierto, burócratas municipales con el nombramiento bajo el brazo y la lealtad bien condicionada al presupuesto de la capital. Sin embargo, detrás del humanismo familiar del alcalde se esconde la más cruda y pragmática de las operaciones matemáticas: Galindo sabe perfectamente que competir por la gubernatura cobijado únicamente bajo las gastadas e impresentables siglas del PRI sería el equivalente político a lanzarse al vacío sin paracaídas.
La aritmética electoral no tiene sentimientos, ni ideologías, y mucho menos memoria. El capital político de Enrique Galindo Ceballos es innegable, pero es un capital eminentemente urbano, focalizado y estrictamente personal. Logró la reelección en la alcaldía de la capital no por el arrastre de los sectores populares del priismo decrépito, sino porque la marca Acción Nacional le inyectó el colchón de votos de las clases medias y residenciales que ven en el azul un escudo protector contra el folclorismo clientelar del gobierno estatal. El plan sobre la mesa del nuevo Partido Acción Nacional, comandado por Jorge Romero, es de una pureza teórica casi enternecedora: se acabaron las alianzas formales con el PRI. La marca tricolor está tan devaluada que compartir el logotipo en la boleta resta más de lo que suma. Por ende, la dirigencia estatal potosina, encabezada por la siempre cuestionada Verónica Rodríguez Hernández, ha tenido que parir una genialidad jurídica para no dejar ir al único caballo medio brioso que tienen en las caballerizas, “siglar” a Galindo como candidato externo o ciudadano es prioridad. Es decir, vestirlo de azul de pies a cabeza, borrarle el logotipo del PRI de la solapa y presentarlo ante la sociedad como un converso de la democracia ciudadana.
Pero aquí es donde la puerca tuerce el rabo y la ironía se vuelve ácida. Galindo no viaja ligero. No es un candidato ciudadano que llega con su mochila llena de buenas intenciones y un currículum intachable. Detrás de él camina, con paso lento pero firme, toda la burocracia institucional del viejo “carrerismo”, los viudos políticos de Juan Manuel Carreras López, los operadores territoriales que aún controlan seccionales a punta de viejas complicidades y los huérfanos de un partido que hoy se administra como una casa de empeño de barrio pobre.
Para que esta “coalición de facto” funcione, el PAN tendrá que aprender el doloroso arte de ceder el pastel. Sí Galindo va a encabezar la aventura rumbo al 2027 vistiendo la casaca azul, sus huestes no van a trabajar gratis, o por amor a las causas nobles de la patria. El “Galindismo” exigirá espacios de participación reales, realizables y con presupuesto: diputaciones locales, regidurías clave en la planilla de la capital y, la joya de la corona, la bendición para decidir quién heredará la candidatura a la alcaldía capitalina para asegurar la retaguardia financiera y operativa mientras el jefe se va a la campaña constitucional. ¿Están dispuestos los panistas de cepa a ver cómo los antiguos enemigos que se servían con la cuchara grande en el sexenio pasado ahora se sientan en la mesa de honor a devorar las candidaturas que a ellos les correspondían por antigüedad?
El rostro de Rubén Guajardo Barrera en la consabida fotografía del sábado es elocuente. El coordinador de los escasos tres diputados locales que le quedan al PAN en el Congreso del Estado operó con un discurso de barricada, recordando las viejas glorias de Felipe Calderón y lanzando dardos envenenados contra los “narcogobiernos” de Morena y el Partido Verde. Guajardo ruge hacia afuera porque sabe que hacia adentro el espacio se le está encogiendo. Su aspiración legítima a la alcaldía o a la propia gubernatura está siendo secuestrada por la necesidad pragmática de endosarle el partido a un externo que viene con toda su corte tricolor a colonizar el último bastión panista del estado. Mientras el “Galindismo” opera su mudanza de lujo hacia las filas de Acción Nacional, en la acera de enfrente, el Comité Directivo Estatal del PRI ofrece un espectáculo que transita entre la comedia negra y el drama forense. Dirigido con mano de hierro y una abyección encomiable por Sara Rocha Medina, el partido tricolor ha dejado de ser un instrumento de acceso al poder para convertirse en una rentable microempresa de servicios financieros personales. Los rumores en los pasillos de los palacios públicos son cada vez más estridentes, ante el inminente abandono de Galindo y la negativa del PAN de llevarlos en la boleta, el PRI de Sara Rocha ya ensaya sus mejores pasos de baile para entregarse a los brazos del Partido Verde Ecologista de México en una alianza de supervivencia pura.
Para el “gallardismo” absorber formalmente los despojos del PRI es una jugada táctica inmejorable, les permite engordar el caldo de su votación total, restarle legitimidad a la coalición opositora y, de paso, mandar un mensaje de desdén a sus aliados nacionales de Morena, con quienes sostienen una sorda disputa por el control territorial del estado que amenaza con fracturar el bloque oficialista en 2027. Para Sara Rocha, colgar el logotipo del PRI de la aplanadora del gallardismo no es una traición ideológica -a estas alturas del partido, pedirle congruencia al PRI es como pedirle peras al olmo-, sino la única garantía legal para mantener el ansiado registro estatal y, por consecuencia, el chorro de dinero público que mensualmente deposita el Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana (CEEPAC). La lógica del liderazgo de Rocha Medina bajo el amparo nacional de Alejandro “Alito” Moreno es perfecta en su perversión. Al dirigente nacional de la banda tricolor le encantan los perfiles así, liderazgos debilitados, cuestionados por la base militante local, carentes de arrastre popular genuino, pero sumisos, abyectos y profundamente disciplinados ante la voz del amo. Un líder local con votos propios exige, cuestiona y negocia, un líder desahuciado agradece la prórroga de la dirigencia como si fuera un indulto papal. Así, mientras el priismo histórico de San Luis Potosí observa con náuseas la degradación de su partido, la dirigencia estatal se dedica al noble arte de la simulación contable. Las malas lenguas -que en política suelen ser las más informadas- apuntan a que los jugosos recursos destinados por ley a la capacitación política, el desarrollo de liderazgos femeninos y las actividades específicas del partido se justifican mediante una intrincada red de cursos fantasma, talleres con asistencia de tres personas y facturaciones que rozan la magia financiera.
Regresemos a la fotografía del sábado, porque el diablo está en los detalles y en las agendas personales de quienes sostienen la lona del presídium. El liderazgo de Verónica Rodríguez Hernández al frente del PAN potosino está tan agrietado que las fracturas ya se ven a simple vista. Haber traicionado políticamente a Xavier Azuara Zúñiga -el hombre que la construyó, la impulsó y la impuso en la dirigencia estatal para después ser desechado en el altar de las ambiciones personales- ha dejado una estela de desconfianza que ni los mejores discursos de unidad logran disipar. Que David Azuara estuviera ahí plantado, con la sonrisa acartonada de quien asiste a un funeral obligatorio, demuestra que la tregua interna es tan frágil como un vaso de cristal en un temblor. Verónica Rodríguez ostenta hoy una senaduría de la república que le garantiza inmunidad, reflectores y un sueldo envidiable hasta el año 2030. Cualquier mortal con dos dedos de frente y un mínimo de respeto por sus representados se dedicaría a consolidar su trabajo legislativo en la Cámara Alta. Pero en el microcosmos del panismo potosino, la prudencia es un defecto y la ambición un motor desbocado. La lideresa formal del partido no ha ocultado sus ganas de aparecer en la boleta del 2027, coqueteando abiertamente con la idea de la alcaldía capitalina.
Sin embargo, el verdadero peligro para el proyecto de Enrique Galindo y para la precaria estabilidad de la oposición no radica en los caprichos municipales de Verónica, sino en las matemáticas de género del Instituto Nacional Electoral (INE). De cara a las gubernaturas que se disputarán en 2027, el Comité Ejecutivo Nacional del PAN estará obligado a cumplir con las estrictas cuotas de paridad vertical y horizontal. Si en el reparto nacional de las candidaturas a los estados, la tómbola de la equidad dictamina que en San Luis Potosí Acción Nacional debe postular obligatoriamente a una mujer, todo el tinglado galindista se vendrá abajo como un castillo de naipes.
Al no haber construido liderazgos femeninos competitivos en las regiones del interior -donde el partido está prácticamente desmantelado y entregado a su suerte, como el penoso caso de Soledad de Graciano Sánchez, Rioverde, Ciudad Valles y Tamazunchale, debilitados y sin rumbo-, el PAN nacional se vería obligado a echar mano de lo único que tiene a la vista con mediano conocimiento de marca, la propia Verónica Rodríguez. Imaginar una candidatura gubernamental de Verónica Rodríguez por simple descarte legal e impositiva de la paridad de género es el peor escenario para las clases medias potosinas y el mejor chiste del año para los estrategas del Partido Verde, que ya frotan sus manos ante la posibilidad de enfrentar a una oposición descabezada, peleada internamente y con un candidato natural como Galindo colgado de la brocha tras haber dinamitado sus puentes con el PRI y quedarse sin la candidatura del PAN.
La jornada política del sábado no fue el banderazo de salida de una oposición vigorosa y unida; fue el ensayo general de una puesta en escena donde todos los actores fingen demencia para no ver el abismo que tienen enfrente. Galindo llama “familia” a quienes lo ven como un invasor necesario. El PAN le abre las puertas a la burocracia carrerista con el asco contenido del que necesita los votos de la periferia. Los Azuara operan su propia agenda de supervivencia. Rubén Guajardo vigila los restos del naufragio legislativo, y Verónica Rodríguez sueña con un rebote de género que la ponga en la antesala de la candidatura al ayuntamiento capitalino.
Mientras tanto, en las oficinas oscuras del priismo oficial, Sara Rocha cuenta las monedas del financiamiento del CEEPAC y diseña los discursos con los que justificará su entrega final al gallardismo verde. San Luis Potosí se encamina a su sucesión del 2027 con una oposición que ha decidido recuperar su identidad sacrificando espacios, u otorgando concesiones con tal de simular identidad. El juego de máscaras ha comenzado formalmente en la capital potosina, y la única certeza que nos deja la famosa fotografía es que, en este banquete de ambiciones cruzadas, el primero que parpadee terminará convertido en el menú del día. Al tiempo.






