OPINIÓN

La Soga al Cuello: México y el Mundial

Nuestras fiestas son ruidosas porque somos un pueblo solitario que prefiere el vértigo del grito y la catarsis del estadio antes que mirarse a los ojos y confesar la orfandad de su historia. Octavio Paz.

El país cabe en un rectángulo de césped. Noventa minutos bastan para que la República, esa entelequia que juramos defender los lunes por la mañana, se disuelva en un grito gutural y un vaso de cerveza de doscientos pesos. El balompié en México no es un

deporte, es el anfiteatro donde nuestra psique colectiva ensaya, una y otra vez, su propia autopsia. Ocurrió de nuevo en la inauguración de la Copa del Mundo. La liturgia del poder exigía la presencia de la mandataria en el palco de honor, la mirada fija en el horizonte del progreso globalizado, la sonrisa ensayada para las cadenas internacionales. Pero Claudia Sheinbaum Pardo padece de una agorafobia histórica. El temor reverencial a la rechifla, ese veredicto inapelable del respetable que, en un segundo, despoja al ave del paraíso de su plumaje sagrado. Reconocer el miedo, sin embargo, habría sido una debilidad imperdonable en un sistema político educado en el hermetismo. Como bien apuntaba Octavio Paz en su diagnóstico de la soledad nacional, el mexicano no se abre, no se “raja”; antes bien, simula.

 

La solución no provino de la alta política, sino de la dramaturgia lacrimógena de “La Rosa de Guadalupe”. Se orquestó una trama impecable: una niña indígena, ataviada con el folclor de vitrina que tanto fascina al Estado posrevolucionario, fue enviada al patíbulo del aplauso internacional en sustitución de la investidura presidencial. El mimetismo del que hablaba Samuel Ramos encontró aquí su expresión más perversa. Al instrumentalizar la vulnerabilidad de la infancia nativa, el régimen pretendió vacunarse contra el vituperio. Si el público abuchea o no a la Presidenta, lo será  con la representación misma de la patria herida. La Mandataria, mientras tanto, buscaba el refugio uterino de lo seguro, un mitin en una plaza pública, rodeada de clientelas cautivas, escenificando esa cercanía providencial con los desposeídos que tanto reditúa en las encuestas. Es el eterno retorno al mito del gobernante que prefiere la adoración de los “nadies” a la confrontación con los ciudadanos aspiracionistas. La victoria de la escuadra nacional ante el conjunto de Sudáfrica fue, desde luego, un mero accidente cultural y deportivo. El marcador es lo de menos cuando la narrativa oficial ya ha decretado la victoria moral de la transformación.

 

En las tribunas del coloso, la geografía de la desigualdad mexicana se desplegaba con una precisión matemática que habría hecho palidecer a los teóricos de la CEPAL. En las butacas de privilegio, aquellos que pudieron desembolsar sumas ridículas que oscilaban entre los treinta mil y los doscientos mil pesos se apresuraban a consagrar el instante en sus pantallas. La pequeña burguesía digital no acude al estadio para apoyar una causa deportiva; acude para certificar su existencia en el orden del capital. Sus fotografías en redes sociales no son testimonios de alegría, sino actas de exclusión. “Yo estoy aquí porque el modelo me fagocitó con éxito, tú estás más allá porque la historia te ha dejado en los márgenes” -parece susurrar cada píxel de su fingida felicidad. Es la realización perfecta de la advertencia de Roger Bartra en “La jaula de la melancolía”: el ciudadano convertido en un axolote de pecera de lujo, flotando en el estancamiento de una eterna inmadurez consumista, orgulloso de los barrotes de oro de su cautiverio.

 

Mientras, la clase media celebraba su efímero estatus y el populacho consumía el espectáculo gratuito en las plazas públicas -cortesía de algún cacique local buena ondita que pagó los derechos de transmisión con el erario para mantener anestesiada a la grey-, las verdaderas costuras del pacto social se deshilachaban a unas cuantas calles del inmueble mundialista. Afuera, donde el olor a pólvora y sudor sustituye al aroma del pasto recién cortado, marcharon los contingentes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Los maestros disidentes exigían a gritos la derogación de la Ley del ISSSTE de 2007, aquella reforma estructural heredada del archienemigo histórico del régimen, Felipe Calderón. He aquí la gran ironía maquiavélica de la temporada: la Presidenta, obligada a defender en los hechos la arquitectura neoliberal que tanto denostó en la tribuna, simplemente porque las finanzas del Estado no resisten el costo económico de cumplir las promesas demagógicas que formuló cuando imploraba el voto corporativo de la CNTE. La Coordinadora, que alguna vez pretendió ser la vanguardia de la revolución proletaria, terminó jugando el papel del perro del ovejero. Su movilización, a la postre, resultó ser un petardo bogo, un simulacro de rebelión diseñado para asumir la tutela de las calles y, de paso, eclipsar de manera deliberada a los movimientos cuyas demandas sí poseen la potencia de desestabilizar la tramoya estatal.

 

A la sombra del carnaval futbolístico, lejos de los reflectores y de las concesiones de transmisión, caminaban las madres buscadoras. Su drama es ajeno a la lógica del botín político, ellas no marchan para negociar prebendas, ni para repartir plazas magisteriales, ni para obtener ascensos en el escalafón burocrático. Su súplica es ontológica, demandan saber dónde están sus hijos e hijas. En su dolor desnudo, las buscadoras evidencian que México se ha convertido en una gigantesca -y dantesca- fosa común, un territorio donde el derecho a la existencia ha sido suspendido ante la mirada displicente de un Estado criminalmente omiso. El México de Calderón, el de Peña Nieto, el de López Obrador y, ahora, el de Sheinbaum, es una línea de continuidad ininterrumpida de impunidad y ocultamiento. Ante esta realidad lacerante, la respuesta del Estado no es la acción penal, sino la edificación de una mitología paranoica. La Presidenta se ve en la necesidad de inventar monstruos, de culpar a una derecha patética, ausente e inexistente, para no tener que admitir la verdad más terrible de todas: que la llamada cuarta transformación duerme, desayuna y cogobierna con el enemigo.

 

Las demandas legítimas de los transportistas que mueren en las carreteras y de los campesinos que exigen precios de garantía para no quebrar ante el embate del crimen organizado fueron sepultadas bajo el ruido coreográfico de la CNTE. Los maestros actuaron como perfectos esquiroles institucionales, limpiándole la calle al sistema a cambio de la promesa de mantener sus cotos de poder intactos. Asistimos, pues, a la escenificación perfecta del drama nacional. Samuel Ramos creyó que el mexicano sufría de un “mimetismo por complejo”, Octavio Paz intuyó que buscábamos el laberinto para protegernos de la orfandad, pero es Roger Bartra quien triunfa en este junio de fútbol y sangre. La identidad nacional mexicana no es una esencia trágica, es una técnica de domesticación. El Estado nos prefiere melancólicos, distraídos con el gol de la jornada, resignados ante el desfile de las víctimas, y convenientemente agrupados en corporaciones negociables. En este anfiteatro de contradicciones, mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo del estadio, las madres siguen escarbando la tierra con las uñas. El juego ha terminado, pero la autopsia del país continúa y el patólogo no se atreve aún a declarar la verdadera causa de la muerte.

 

A este cuadro de simulación colectiva se añade la neurosis íntima del despacho presidencial. Claudia Sheinbaum padece, en el sentido más estricto del término, del síndrome del impostor. Habita el Palacio con la certeza clandestina de que el poder no fue una conquista propia, sino una concesión graciosa del gran Tlatoani, Andrés Manuel López Obrador, quien resolvió entregarle el bastón de mando no por sus virtudes carismáticas, sino por su probada docilidad, su lealtad monacal y un compromiso ciego hacia el movimiento. Aún investida con la banda presidencial, ella misma se resiste a asumir el papel histórico como jefa del partido y del Estado. Se autopercibe, acaso, como la mera guardiana de los despojos de un sexenio que cimentó las bases de una transformación amorfa, un Frankenstein político carente de un andamiaje ideológico serio, sostenido apenas por frases sueltas, ocurrencias verbales y dogmas de fe dictados en las mañaneras de su fundador. Samuel Ramos vería en ella la sublimación del mimetismo, una mandataria que imita los ademanes del patriarca para ocultar el vértigo que le produce su propia orfandad política. Esta negación sistemática tiene un límite difuso pero peligroso, la Presidenta se aferra con desesperación a la narrativa de que los nexos entre el crimen organizado y la llamada cuarta transformación son el subproducto de una intriga internacional operada con referentes locales.

 

Sin embargo, la disonancia cognitiva entre el guión oficial y la crudeza fáctica de los territorios gobernados por el narco es una bomba de tiempo psicológica. El día en que la realidad dinamite la trinchera de sus desmentidos y ya no sea posible negar la complicidad estructural del régimen con los señores de la guerra, el golpe de realidad amenaza con dejarla trastornada y a su propio gobierno. Será el momento en que la jaula del mito se rompa, no para liberar al ajolote, sino para revelar que el monstruo con el que pactaron las bases del movimiento siempre estuvo ahí de manera subrepticia, bajo la piel, como larva de gusano barrenador. Quizás sea como dice Roger Bartra: “el verdadero misterio del mexicano no está en su alma melancólica, sino en la genialidad del estado que lo convenció de su propia mansedumbre para convertir el trauma nacional en una jaula de dominación perfecta”.

 

@gandhiantipatro

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