OPINIÓN

La Soga al Cuello: La Senda de la Traición

Ganelón no traicionó por odio a Roldán, sino por amor propio herido; el traidor nunca actúa por la causa que declara, sino por la herida que niega. Anónimo.

 

Enrique Galindo Ceballos debe estar pensando que Churchill tenía razón cuando decía que la democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás que se han intentado, aunque el viejo Winston jamás tuvo el privilegio de conocer el Partido Acción Nacional de San Luis Potosí, esa peculiar secta donde la traición se confunde con estrategia y el oportunismo con visión de estado. Galindo, ese policía que saltó de la patrulla municipal a la comisaría federal, del PRI al PAN, de la protección priista a la candidatura panista, ahora se encuentra en el dilema más cruel que puede enfrentar un político de provincia, debe elegir entre cuatro personas que lo odian, que se odian entre sí, y que lo único que comparten es la certeza de que él es un estorbo que debe ser eliminado después del 2027. Es como ser el viudo más codiciado del pueblo, pero descubrir que las únicas pretendientes son cuatro hermanas que juraron envenenarse mutuamente antes que compartir la herencia. La política potosina tiene esa extraña costumbre de convertir los matrimonios de conveniencia en funerales anticipados.

 

La ironía de esta historia tiene un nombre propio y responde al apellido Rodríguez. Verónica, para ser exactos, esa senadora de la república que alguna vez fue la muñeca de cartón de Xavier Azuara Zúñiga y que hoy se jacta de dirigente estatal mientras convierte el PAN en un club de fans con membresía personal. Ella que llegó al senado gracias a la generosidad de Galindo -quien le proporcionó casa, comida, sustento y hasta el dinero para la campaña- ahora se niega a devolver el favor con la misma moneda. Su esposa, Estela Arriaga, sigue esperando en la suplencia de senadora como quien espera el autobús en una parada abandonada, mientras Verónica se aferra a la curul como si fuera el último salvavidas de un náufrago que no sabe nadar. Solo dos o tres sesiones le ha prestado la curul, dicen los que saben que no quiere que se acostumbre para que no se le vaya antojar. El resto del tiempo la señora Arriaga debe conformarse con ver la televisión y soñar con el poder que algún día llegará. Así se agradece en el PAN potosino, con mezquindad disfrazada de autonomía, con ingratitud elevada a la categoría de principio político, con la certeza de que el benefactor de hoy será el enemigo de mañana.

 

Pero la historia de traiciones no comienza con Verónica, sino que tiene un capítulo anterior escrito en WhatsApp y borrado en silencio. Xavier Azuara Zúñiga, ese mentor que se creía dueño de la carrera ajena, descubrió demasiado tarde que las marionetas cortan los hilos cuando el titiritero se vuelve insoportable. El grupo de lacayos donde se mofaban del origen humilde de Verónica -esa hija de trabajador de la construcción de Mexquitic que nunca encajó entre los whitexicans de la parroquia de Tequisquiapan- es ahora material de leyenda urbana en los pasillos del poder local. Se burlaban de su color de piel, de su estado civil, de sus costumbres, todo mientras ella fingía lealtad y el tanquianero de Tanquián sonreía esquivo. Hasta que un día la gota derramó el vaso, y la gota fue un grupo de mensajería instantánea donde la dirigente estatal no estaba incluida. Ahora ambos enemigos comparten el mismo espacio en el altar de la ignominia, unidos por el desprecio mutuo y la certeza de que el otro es el responsable de su fracaso. La venganza, como el plato que se sirve frío, siempre deja quemaduras a quien la cocina.

 

Entre los escombros de esta guerra fratricida aparece David Azuara Zúñiga, el hermano menor, diputado federal sin mayor mérito que compartir apellido con el alicaído Xavier. Es como si la política potosina fuera una herencia genética que se transmite por vía sanguínea, sin necesidad de talento ni esfuerzo. Xavier jura y perjura que Galindo le debe dinero, favores y respeto, Galindo debe estar pensando que le deben silencio, lealtad y un poco de dignidad, pero en el PAN de hoy esas monedas están fuera de circulación. Mientras tanto, Rubén Guajardo Barrera, ese diputado local por cuarta ocasión que ahora recibe beneficios y favores políticos por allanarse a la voluntad de Héctor Serrano Cortés en el congreso local, juega a ser el caballo de Troya dentro de su propio partido. Se perdió entre la fascinación por el chilango avecindado que pastorea la manada gallardista en el legislativo, es decir, el PRI se extingue, el PAN se devora a sí mismo, y Guajardo sueña con obtener la candidatura a la alcaldía con el apoyo económico de Galindo y el respaldo político de Serrano, pero nominado por las siglas panistas. Cuatro eran los diputados panistas, ahora son tres y uno en infiltración, y pronto serán dos, y luego uno, y finalmente ninguno, es la matemática de la extinción política, lenta pero inevitable, calculada con la precisión de quien apuesta a dos caballos simultáneamente. Bien decía el estadista inglés Winston Churchill : “nunca confíes en un hombre que no tiene enemigos; probablemente no tiene principios que traicionar”.

 

Y en medio de esta debacle, como si fuera poco, aparece Marcelo de los Santos Anaya, el hijo del ex gobernador, el heredero de un apellido que pesa más que sus propias capacidades. Marcelito, como le dicen quienes no lo respetan lo suficiente para usar su nombre completo, ya anda advirtiendo en los círculos donde se mueve que va a despedir a todos los panistas que son sanguijuelas del erario. Es curioso, un partido que no puede ganar ni la alcaldía de su propia capital, que ha perdido el noventa por ciento de sus 59 comités municipales, que escatima recursos para la militancia mientras la dirigente gasta el presupuesto en frivolidades y facturas apócrifas, todavía alberga ilusiones de redención mediante un redentor con visión de empresario. Marcelito promete meter orden, recuperar el rumbo, limpiar la casa, lo que no dice es que su propia casa está inhabilitada por 20 años y multada con casi ocho mil millones de pesos por desvío de recursos. El hijo del sancionado ex gobernador Marcelo de los Santos Fraga prometiendo moralidad es como un alcohólico exigiendo moderación, teóricamente posible, prácticamente imposible, y moralmente insultante para quienes tienen memoria.

 

El escenario para 2027 es desolador para quienes aún creen en el PAN como opción política viable. No tienen posibilidades de ganar la gubernatura, no porque Galindo sea un mal candidato, sino porque Verónica Rodríguez ha convertido la dirigencia estatal en un negocio particular donde solo prosperan sus intereses personales y sus viajes de turismo político. Los comités municipales que alguna vez fueron estructuras de hierro hoy funcionan apenas en una docena de municipios, en el resto ni siquiera hay aspirantes dispuestos a participar por una alcaldía que saben perdida de antemano. Es el colapso organizativo hecho realidad, la desaparición gradual de un partido que pasó de ser alternativa a ser anécdota, de ser oposición a ser memoria. Y sin embargo, en la capital potosina aún resisten, aún sueñan con mantener una trinchera donde guarden las tropas y las nóminas de los cuates, ese ejército de funcionarios que dependen del presupuesto municipal para sobrevivir. Emil Cioran escribió que la historia es una sucesión de desastres que llamamos progreso, en San Luis Potosí el progreso se mide por la velocidad con la que el PAN se desintegra.

 

Pero para conservar esa trinchera necesitan dos cosas que no se podrán reunir. Primero, que Galindo se sacrifique, juegue a perder la gubernatura, gaste una fortuna en la campaña y financie al candidato a la alcaldía capitalina, es decir, que el poli convertido en alcalde acepte ser el santo patrono de una causa perdida, el financista de una derrota anunciada. Segundo, que haya unidad entre cuatro pretendientes que se odian con la intensidad de quienes comparten el mismo hueso pero no la misma jauría. Verónica, Marcelito, David y Rubén deben olvidar el WhatsApp de la humillación, las deudas morales, las traiciones pasadas y las ambiciones futuras, deben abrazarse en público como si fueran hermanos de sangre y compartir el botín. Es pedirle peras al olmo, pedirle lealtad a quienes han hecho de la deslealtad su única religión. Galindo debe elegir entre una mujer que ya demostró que muerde la mano que la alimenta, un hermano que reclama deudas imaginarias, un hijo de gobernador que promete limpieza con escoba robada, y un diputado que ya demostró que la ambición no conoce de colores partidarios. La unidad es un sueño imposible cuando cada uno juega su propia partida con cartas marcadas.

 

La pregunta que debe estar haciéndose Galindo en estas noches de insomnio es simple y terrible: ¿en cuál de estos cuatro personajes puede confiar sin temor a que le volteen la bandera mañana? ¿A Verónica, que guarda los rencores como cuchillos afilados bajo la toga? ¿A David, que reclama favores como si fueran deudas de juego? ¿A Marcelito, que promete despidos masivos como si fuera Stalin? ¿O a Rubén, que ya demostró que cuando el barco se hunde salta primero, o peor aún, que negocia y duerme con el enemigo? En la política de provincia el único pecado imperdonable es confiar en quienes te son leales solo mientras les conviene, y el único favor que no se perdona es el que queda por cobrar. Galindo debe estar descubriendo que en el PAN potosino la gratitud es un defecto de carácter y la lealtad una enfermedad terminal.

 

El paria de la política potosina tendrá que elegir pronto. Y como en todas las tragedias griegas, el final ya está escrito, perderá la gubernatura, perderá la alcaldía, perderá el partido, y lo único que ganará será la certeza de que en el PAN de San Luis Potosí no habrá una oración para él, o un gesto de gratitud, la lealtad es un recurso agotado, la unidad una fantasía imposible, y la victoria electoral un recuerdo que se desvanece mientras contempla el desastre que él mismo ayudó a construir. El éxito, decía Churchill, es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Enrique Galindo debe estar sospechando alguna traición, pero muy seguro debería estar de que el traidor no cambia de bando, siempre estará del lado de quien paga más. Mientras tanto, los cuatro pretendientes se afilan los cuchillos, sonríen para las fotos, y esperan el momento preciso para apuñalarse en la espalda al primero que se descuide. Es la danza de los muertos vivientes, y la música la pone un partido que ya no sabe ni por qué existe, ni para qué lucha, ni a quién representa, solo que deben seguir bailando, porque detenerse significa admitir que el cadáver lleva años podrido y no han tenido la decencia de enterrarlo. Como dijera el poeta : el verdadero amigo es aquel que no espera nada, el verdadero traidor, aquel que descubre que los demás esperaban demasiado.

 

@gandhiantipatro

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