
El diagnóstico que el filósofo coreano Byung-Chul Han elabora en La sociedad del cansancio y afina con quirúrgica precisión en Psicopolítica no describe una distopía remota, es el acta de defunción de nuestra vida cotidiana. Asistimos, con una pasividad que raya en el estupor, a la transformación ontológica de nuestras ciudades. San Luis Potosí, como tantas otras geografías devoradas por el vértigo del capital transnacional, se ha erigido en un laboratorio modélico de la mutación tardocapitalista. La mutación no es superficial, no se agota en el crecimiento vertical, en la saturación del parque vehicular por la Carretera 57 o en la proliferación de enclaves comerciales estandarizados. Es una mutación abisal (abyss?lis) de la psique. Lo que el discurso oficial encomia como un vector ineludible de progreso -la atracción de inversiones, el ensanchamiento del corredor industrial, la promesa de la empleabilidad- es, en el fuero interno del tejido urbano, la imposición de un régimen de autoexplotación donde el sujeto se percibe erróneamente como amo y señor de su destino mientras es consumido hasta los tuétanos por la maquinaria productiva.
Hemos transitado del paradigma disciplinario estudiado por Michel Foucault, aquel fundamentado en el aislamiento, la prohibición y el precepto punitivo del “no debes”, a una tiranía infinitamente más perversa, el paradigma psicopolítico del “tú puedes”. En esta atmósfera, el individuo cree haberse liberado de la coacción externa, sin embargo, la libertad prometida por el imperativo del rendimiento no es más que la interiorización absoluta de la norma de producción. El sujeto contemporáneo se convierte en un empresario de sí mismo, un artesano de su propia servidumbre que se explota con fruición hasta el colapso neuronal. La fatiga de la urbe moderna no deriva del agotamiento físico propio del trabajo fabril de antaño, sino de una saturación sistémica del ego, un hiperdesarrollo de la subjetividad que deriva en depresión, burnout y en una anomia existencial generalizada. La vida no se vive, se optimiza. El tiempo ha perdido su dimensión festiva, su cualidad de hito contemplativo y ritual, para quedar reducido a un mero insumo cuantificable en la logística del “just-in-time”.
Este desmoronamiento de la estructura psíquica individual acarrea una consecuencia sociológica devastadora que los teóricos del urbanismo corporativo prefieren soslayar. Un individuo fragmentado, atenazado por la neurosis del cumplimiento y la angustia crónica de la obsolescencia, es orgánicamente incapaz de constituir comunidad. La comunidad no es una mera aglomeración de cuerpos que comparten un espacio geográfico o una cuadrícula de asfalto, la comunidad es un ente activo, una red de afectaciones mutuas, un espacio de deliberación y resistencia que exige, como presupuesto ontológico mínimo, la salud mental y la satisfacción existencial de sus miembros. Cuando el sujeto habita en un estado de supervivencia anímica constante, aturdido por la prisa, intoxicado de dopamina barata y atemorizado por la constante amenaza de la marginalidad económica, la alteridad se vuelve una amenaza. El prójimo deja de ser un par con quien tejer destino para convertirse en un competidor en el mercado laboral, un obstáculo en el tráfico matutino o un espectador indiferente del propio naufragio.
Sin la premisa de la estabilidad psíquica, la categoría de “ciudadano” se disuelve para dar paso a la de “humano funcional”, una masa amorfa de “monadas” aisladas que transitan entre el cubículo, la línea de ensamblaje y la pantalla del dispositivo móvil. La polis desaparece cuando el habitante pierde la capacidad de experimentar el dolor ajeno como propio. Y es que el dolor, en la arquitectura del rendimiento, ha sido privatizado. Si el individuo no alcanza la cuota de éxito, si la hipoteca se vuelve inalcanzable, si la salud colapsa o si el desempleo sobreviene, la estructura psicopolítica insufla en su conciencia la noción de la culpa personal. No es el sistema el que precariza, es el individuo el que no fue “suficientemente resiliente”. Esta culpa actúa como el anestésico perfecto. Impide la conversión de la angustia privada en indignación pública. Desarticula de origen cualquier atisbo de protesta social, pues la masa atomizada no logra articular una gramática colectiva para nombrar su despojo.
Los gobiernos y la clase política, meros administradores de la logística del capital, celebran los anuncios de derramas económicas multimillonarias como si se tratara de victorias civilizatorias. Ignoran -o quizás comprenden con frío cinismo- que el costo de oportunidad de ese crecimiento macroeconómico es la desintegración de la salud mental de la población. La psique colectiva es sometida a una estrategia deliberada de estatización y anestesia. Ante la incapacidad estructural de ofrecer condiciones para una vida plena, el Estado coordina mecanismos de evasión y entretenimiento masivo para contener el descontento. Se ofrecen bálsamos efímeros, espectáculos de consumo rápido y retóricas de superación personal que funcionan como placebos para una masa exánime. El ciudadano exhausto no exige derechos ni cuestiona la reconfiguración de su entorno, solo pide que el fin de semana le proporcione el nivel suficiente de alienación para soportar la jornada del lunes.
La aceleración de las tecnologías de automatización y la irrupción irrestricta de la inteligencia artificial prometen profundizar esta grieta existencial. Si durante décadas se moldeó al ciudadano potosino para ser un apéndice eficiente de la producción industrial, la inminente sustitución de la fuerza de trabajo humana por algoritmos y procesos automatizados no traerá consigo la liberación del tiempo, sino la obsolescencia de la masa. ¿Qué destino le aguarda a una población educada únicamente en la disciplina del rendimiento cuando el sistema determine que su rendimiento es prescindible?
El horizonte no es el del ocio creativo o la redistribución de la riqueza, sino el de una irrelevancia sistémica donde miles de seres humanos se descubrirán despojados de la única función que justificaba su existencia dentro de la megamáquina. El observador de la vida pública no abriga la ilusión del reformador ni el ardor del activista, su única tarea es atestiguar y otorgar la nomenclatura precisa a los procesos de degradación del tejido social. No hay en este diagnóstico una apelación a la esperanza, pues la esperanza misma se ha convertido en una mercancía de la industria del bienestar para postergar la toma de conciencia del desastre. La trayectoria de las sociedades contemporáneas no muestra signos de corrección ni de pausas reflexivas, por el contrario, acelera ciegamente hacia su propia consunción.
Como advirtiera Han en La expulsión de lo distinto y en sus reflexiones más recientes sobre el colapso de la conectividad digital, la hybris del ser humano al erigir un sistema basado en la explotación ilimitada de los recursos y de su propia psique no conduce a una cúspide evolutiva, sino a un bucle autodestructivo. La especie humana parece haber inscrito en su código genético y cultural el germen de su propia liquidación. Hemos diseñado una maquinaria socioeconómica y tecnológica que sobrepasa nuestra capacidad de procesamiento biológico y emocional, una prótesis gigante que termina por devorar al organismo que la creó. San Luis Potosí, en su callada transición hacia la hiperfuncionalidad industrial y el vacío comunitario, no es más que la pequeña muestra de un mapa global donde las luces de la producción iluminan el cadáver de la condición humana. Nos aproximamos, con el rigor deductivo de una tragedia clásica, a un final predecible y fatal, donde la extinción no vendrá por un cataclismo externo, sino como la consecuencia natural de una raza que prefirió extinguirse produciendo antes que detener la marcha de su propia condena.






